Viriato, el guerrero lusitano que desafió a Roma.

Si hay un héroe que destacara durante la conquista romana de Hispania este fue el lusitano Viriato. Procedía de la Sierra de la Estrella, en Portugal, y se dedicaba al pastoreo, aunque debido a su incuestionable liderazgo militar, no se descarta que fuera miembro de la aristocracia lusitana.

En el año 151 a.C., Servio Galba fue nombrado gobernador de la Hispania Ulterior. Un año después, apoyado por el cónsul Lúculo, consiguió acorralar a varios miles de lusitanos en el valle del Guadalquivir. Para evitar un baño de sangre, Galba negoció con los jefes lusitanos, a los que prometió libertad y la entrega de tierras de cultivo, para que pudieran establecerse en paz. Así pues, Galba concentró a los lusitanos en un determinado lugar y los separó en tres grupos distintos, que equivalían a los territorios a los que iban a ser asignados. Como muestra de buena voluntad, Galba les pidió que entregaran sus armas. Una vez que los lusitanos se encontraban desarmados, fueron rodeados por los legionarios. A punta de gladius fueron guiados a una empalizada donde no tardaron en ser masacrados. Hombres, mujeres, ancianos y niños fueron asesinados sin piedad, víctimas de la traición perpetrada por Servio Galba. Pocos fueron los lusitanos que lograron escapar, siendo uno de ellos el célebre Viriato.


Tres años después de la matanza cometida por Galba, Viriato se unió a un grupo de guerreros lusitanos que actuaba por la Turdetania. No tardó el lusitano en demostrar sus habilidades guerreras y fue nombrado caudillo. No eran más que un puñado de incómodos guerreros ávidos de cobrarse la debida venganza por los crímenes cometidos por Galba. Al menos, eso pensaba el Senado romano. Los persistentes y rápidos ataques lusitanos a las tropas expedicionarias y a las caravanas de víveres, mediante una táctica de guerrillas completamente desconocida por las legiones romanas, más acostumbradas al ataque frontal y directo, provocó un cambio de opinión en los confiados senadores. Nadie como estos insolentes lusitanos conocía los ríos, bosques y las montañas de la región. Atacaban con la velocidad del rayo y se escondían sin que los legionarios supieran quién les había atacado.

Los pretores y cónsules enviados por Roma a Hispania para someter al irreductible lusitano fueron derrotados. Como el pretor Cayo Vetilio, que murió junto con sus 4.000 legionarios en el 147 a.C. en Tribola. En el 146 a.C. Viriato venció a los pretores Cayo Plaucio y Claudio Unimano. A este último, el lusitano consiguió arrebatarle los sagrados estandartes y los paseó por toda la Península ante el alborozo y disfrute de las tribus ibéricas. Toda una humillación y deshonra que la gloriosa Roma no podía tolerar.

En el 143 a.C., al mando de 30.000 legionarios, llegó a Hispania el cónsul Quinto Cecilio Metelo Macedónico. Ante la magnitud de este impresionante ejército, Viriato se esforzó en unir a diferentes tribus ibéricas, para enfrentarse a Roma, el enemigo común. Vacceos, arévacos, titios, lusitanos, cansados de los saqueos y atropellos a los que estaban siendo sometidos por los romanos, se rebelaron. La guerra se extendió por gran parte de la Hispania romana. A pesar de disponer de tan formidable ejército, el cónsul no consiguió derrotar al lusitano, ni tampoco someter Numancia, otra de sus pretensiones. En el 142 a.C. fue sustituido por Quinto Fabio Máximo Serviliano, que llegó a Hispania al mando de 19.000 legionarios.

Quinto Fabio Máximo Serviliano se encontraba sitiando la población de Erisane, cuando Viriato acudió en su auxilio con sus guerreros. Ante el inesperado ataque del lusitano, las legiones tuvieron que retirarse, siendo acosadas hasta que llegaron a un desfiladero y se quedaron sin escapatoria. Viriato podría haber exterminado a las legiones de Máximo Serviliano, pero decidió decantarse por la vía del diálogo y la paz. El Senado de Roma aceptó el trato al que llegaron Viriato y Máximo Serviliano y le otorgó al lusitano el título de «amicus populi romani», amigo del pueblo romano.

Muchos eran en Roma los que consideraban que el tratado firmado con Viriato era humillante, y con la promesa de un cuantioso botín y de doblegar por fin la férrea determinación del lusitano, consiguieron romperlo. Uno de estos romanos agraviados era Quinto Servio Cepión, que el año 140 a.C., obtuvo el permiso del Senado para continuar la guerra en Hispania. Cepión invadió la Beturia obligando al lusitano a huir a la Carpetania. Las legiones le perseguían insistentemente, pero Viriato logró escapar a Lusitania donde, gracias al conocimiento del terreno y al apoyo de las tribus locales, encontró refugio seguro. Cepión continuó avanzando con sus legiones con el propósito de limitar el terreno en el que Viriato se desplazaba con libertad. Con la ayuda del cónsul Marco Popilio Lenas, que acudió a la llamada de Cepión con sus legiones del norte de Hispania, consiguió cercar a los rebeldes lusitanos. Viriato se encontraba atrapado entre dos poderosos ejércitos. No tuvo más opción que negociar con los romanos. Temiendo ser capturado, el lusitano no lideró personalmente las negociaciones, sino que envió a tres de sus lugartenientes: los turdetanos Audax, Didalco y Minuro.

Las negociaciones discurrieron por unos cauces muy distintos a los esperados, pues Cepión ofreció a los turdetanos oro y tierras a cambio de la cabeza de Viriato. Así pues, en el 139 a.C. mientras el lusitano dormía plácidamente, los tres oficiales, estrechos colaboradores de su más entera confianza, le degollaron. Roma no encontró otro ardid para someter al indomable lusitano, que la más infame de las traiciones.


Cuenta la tradición que cuando los tres traidores acudieron al campamento romano para solicitar a Cepión el pago por su felonía, el procónsul romano les respondió con una mueca de desprecio: «Roma no paga a traidores». Aunque es muy probable que esta conversación jamás haya tenido lugar, bien es cierto que con el asesinato de Viriato murió el hombre, pero nació la leyenda.


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