VIKINGO, Las Crónicas de Haakon, el Cobarde

Actualizado: 23 jul 2021

A furare normannorum libera nos, Domine.

(De la furia de los hombres del Norte líbranos, Señor).[1]






CAPÍTULO I



Han pasado muchos años, pero los recuerdos de aquel día acuden a mi mente con la claridad de un lúcido amanecer de verano. El sol permanecía oculto tras unas hostiles y negras nubes. Hacía fresco, el viento portaba el aroma a hierba mojada y los gansos salvajes surcaban los cielos, regresando a sus hogares de verano después de resguardarse del áspero invierno en las cálidas tierras del Sur. En Vestfold, mi aldea, a comienzos de abril, el frío aún no nos ha abandonado, y el cielo suele aparecer velado por las tenaces nubes, pues los rayos de sol se hacen esperar en la tierra de los vikingos.

Era mediodía y, después de comer frugalmente un pedazo de pan de centeno, algo de mantequilla y un vaso de cerveza, me dispuse a ejercitarme con la espada. Solía entrenar en un verde prado rodeado por un tupido bosque de abetos y pinos que se encontraba a menos de una milla de mi aldea, el lugar perfecto para practicar con la espada, el arco y la lanza. Cuando llegué, no sólo me esperaba Ulf el Sabio, mi preceptor, sino que también lo hacían un par de docenas de hombres del Norte vestidos con cotas de malla, cascos de hierro, pantalones de fieltro y botas de cuero. No todos los guerreros tienen la posibilidad de exhibir tales ropajes, y no tardé en entender que me encontraba en presencia de jefes de aldea o capitanes de barco. Parecía que se hallaban dispuestos a emprender una expedición de saqueo. A varios de ellos ya les conocía, como a los capitanes Ottar y Sigurd, pero al resto no.

Mi padre, Gunnjorn, el jefe de Vestfold, había invitado a nuestra aldea a lo más granado de la comarca. Se trataba de un día especial, de un día de fiesta, pero yo lo desconocía. Me acerqué a Ulf ante la atenta mirada de los nórdicos, que comenzaron a murmurar entre ellos a mi paso.

—¿Qué hacen todos estos aquí? —le pregunté a Ulf.

—No lo sé —me respondió encogiéndose indiferente de hombros, pero su mirada esquiva revelaba lo contrario.

Ulf era el mejor amigo de mi padre, su mano derecha y hombre de confianza. Era capitán de barco y tenía bajo su mando a unos cuarenta hombres. Lucía una barba castaña aún más poblada que la de mi padre y unos ojos azules astutos y profundos. Era alto y fuerte, y sus brazos eran extremadamente poderosos, capaces de partir a un hombre por la mitad con su espada, o al menos eso pensaba yo. Su nombre era ampliamente conocido y temido en Escocia, en Frisia y en el país de los francos. Ulf el Sabio, le llamábamos, apodo completamente merecido, pues era de los pocos en la aldea que sa­bía leer y escribir. Además, hablaba y entendía el gaélico escocés, una habilidad nada desdeñable cuando se trataba de obtener información de los escoceses.

Su nave era el Viento de la Muerte, un hermoso barco largo y estrecho de pequeño calado capaz de remontar ríos con sólo tres pies de profundidad. El mascarón de proa encarnaba la cabeza de un cerdo salvaje mostrando unos retorcidos y amenazantes colmillos. Simbolizaba a Sehrimnir, el jabalí sagrado del Valhala, al que sacrificaban todos los días para alimentar a los héroes caídos en combate, y que revivía antes de la siguiente comida. Ulf había adornado la proa de su nave con la cabeza del animal porque aseguraba que le traía suerte.

—Empecemos —dijo mi maestro desenfundando su espada de entrenamiento, un arma contundente pero carente de filo para evitar accidentes.

Yo hice lo propio desenvainando la mía. Ambos nos protegíamos con recios escudos de madera de tilo embozados en bronce. Mi maestro se caló su yelmo con visera y yo el mío, un viejo casco de hierro con protección nasal bastante tosco y abollado, testigo de un sinfín de batallas, y que había llegado a manos de mi padre como parte de algún saqueo. Una vez estuvimos el uno frente al otro, me asintió y me lancé sobre él, espada en ristre y con el escudo bien aferrado a mi antebrazo. A nuestro alrededor se arracimaron los nórdicos. Yo no entendía qué hacían aquellos hombres allí, bebiendo cerveza y observando atentamente mi adiestramiento. Vestían admirables ropajes en un alarde de desmedida arrogancia, y se jactaban del éxito de las expediciones, la abundancia de las cosechas o de los buenos negocios que ha­bían cerrado en Frisia o en Dinamarca. Entre ellos charlaban y reían exagerando sus respectivas hazañas. Algunos lucían un rostro cuidadosamente rasurado, mientras otros exhibían con vanidad largos cabellos o encrespadas y trenzadas barbas que pendían descuidadas de sus rostros como si de deshilachadas maromas se tratara.

Mi padre, al igual que el resto de los nórdicos, iba pertrechado para la guerra. Vestía una larga camisa blanca, ceñida a la cintura con un grueso cinturón de piel con hebilla de plata. Cubría la camisa con un peto de cuero y, sobre ésta, una cota de malla de anillas. Protegía su cabeza con un hermoso yelmo cónico con visera, protección nasal y la figura en plata de un dragón con las fauces abiertas en su parte frontal. Unos pantalones de fieltro marrón y unas botas de cuero con hebillas y protecciones en plata completaban su atuendo. El jefe me miraba orgulloso y mi hermano pequeño, Jokull, con envidia. Él tenía trece años y yo catorce. Mi hermano era rubio, tenía los ojos azules y el prominente mentón de mi padre. Era taciturno, reservado y violento, lo que le sirvió para granjearse las simpatías de los niños de la aldea.

Jokull observaba mi entrenamiento anhelando ser él a quien Ulf estuviera formando en el arte de la espada, la cual, a pesar de mi edad, manejaba con soltura y habilidad, como si se tratara de una prolongación de mi mano. Y, teniendo en cuenta que ese día me encontraba rodeado de tan distinguido público, me esforcé mucho más y atacaba una y otra vez a Ulf, que se zafaba con destreza de mis embestidas. Yo me consideraba un gran guerrero, no en vano sobre mis espaldas reposaba la responsabilidad de suceder al gran Gunnjorn el Barbudo, el jefe de Vestfold, la aldea más hermosa de Noruega. Deseaba tanto distinguirme ante mi padre y los nórdicos como temía avergonzarle o humillarle. Mi mayor anhelo era que se sintiera orgulloso de mí, y que en su hijo mayor advirtiera a su futuro heredero.

—Buena defensa, Haakon —me dijo Ulf después de bloquear su ataque con el escudo—. Bien, muy bien, escudo en alto y rodillas flexionadas. Recuerda que el primer ataque es un engaño, un ardid para que subas la guardia y desprotejas la ingle y los muslos, quedando así al descubierto para ser pinchado por sus espadas cortas.

Observé que varios hombres del Norte me señalaban y asentían satisfechos. De momento, no lo estaba haciendo del todo mal.

—Ahora atácame tú —me ordenó.

Agarré bien la empuñadura de mi espada y miré de soslayo a los hombres del Norte. Mis ojos se cruzaron con los de mi padre, que permanecía de pie, con los brazos en jarra, atento a mis movimientos. Nos envolvió un profundo silencio y los nórdicos dejaron incluso de beber cerveza, tal era el interés que mostraban en mi entrenamiento.

Una bandada de cornejas abandonó el bosque y cruzó el grisáceo cielo. Algo las había asustado. Dirigimos la mirada hacia la espesura y vimos a Ragna, la bruja, observándonos con curiosidad parapetada tras un aliso. No se acercó a nosotros, y no por miedo, pues era respetada por todos y temida por muchos. Mi padre escuchaba sus augurios con atención cuando le requería que le interpretara las runas antes de emprender alguna expedición contra los sajones o los escoceses. Pero Ragna no era amiga de la multitud, y vivía aislada en el bosque. Había quienes decían que, durante la noche, se transformaba en lobo o en cuervo y se reunía con los espíritus y almas en pena que vagaban errantes en la umbría. Para muchos, era la enviada de Loki, el dios del caos y del engaño, quien la concedió el poder de comunicarse con los Ases y los Vanes a través de las sagradas runas. Ragna tendría cien años o más, o al menos eso se aseguraba. Tenía el pelo largo, rizado y sucio, el rostro enjuto surcado por infinidad de arrugas y la boca fina y desdentada. Siempre vestía con harapos y su fuerte olor la precedía. Y ese día me observaba con sus ojos grises, acuosos, inexpresivos. Me encontraba alejado de ella, pero me pareció verlos brillar con un maléfico fulgor.

—¡Vamos, Haakon! —exclamó impaciente Ulf—. ¿Vas a atacarme o te vas a pasar todo el día mirando embobado el bosque?

Miré de reojo a la bruja, que asomaba curiosa la cabeza tras el aliso, contemplándome con suma atención.

—¡Vas a morir! —grité, lanzándome con furia sobre Ulf, levantando en alto mi espada.

Mi grito fue una advertencia para todos aquellos que me observaban; Haakon, el hijo de Gunnjorn, sería un poderoso vikingo, y no toleraría que nadie, fuera danés, sueco o noruego, pisoteara el honor de su clan.

Tenía catorce años y ya me consideraba todo un hombre. Bendita ignorancia de quienes desconocen lo que el futuro les depara.

Mi espada golpeó su escudo de madera de tilo una, dos y tres veces, Ulf el Sabio no atacaba, sólo se defendía parapetado tras el escudo. Retrasaba su posición mientras yo no dejaba de propinarle mandoblazos a diestro y siniestro. Los hombres del Norte jaleaban mis acometidas y brindaban por mi bravura. Ulf sonreía.

—¿Eso es todo lo qué sabes hacer? —me preguntó—. Por Thor, creo que he estado perdiendo el tiempo contigo durante estos años.

Ulf era el guerrero más hábil con la espada de toda la aldea y, por tanto, el maestro del futuro jefe de Vestfold. Y, yo, como hijo primogénito de Gunnjorn, tenía muchas posibilidades de sucederle. Pero para que esto sucediera, antes debía ser ratificado por el Thing, o Consejo de la aldea.

Detuve mis embestidas para coger un poco de aire, me encontraba agotado por el esfuerzo. Ulf levantó su escudo al cielo y rompió en carcajadas. Varios nórdicos le siguieron llenando la verde explanada con estentóreas risotadas. Bajé la vista humillado y me acerqué a Ulf, arrastrando por el suelo la punta de mi espada. Ulf se acercó a mí desternillado de risa y con la guardia baja. Las carcajadas de aquellos hombres taladraron mis oídos. Mi padre me contemplaba con severidad y Jokull con regocijo. Le di la espalda avergonzado, como si no pudiendo soportar tal afrenta, me dispusiera a huir del combate amparándome bajo las protectoras faldas de mi madre. Entonces me detuve y de soslayo advertí que Ulf se acercaba para consolarme. Mi espada de entrenamiento era de hierro, pero sin filo. Era muy pesada, pero los años de práctica habían fortalecido mis músculos y la podía blandir sin dificultad.

Miré al bosque y me encontré con los ojos de Ragna. ¿Qué interés tenía la bruja en presenciar mi entrenamiento? La aparté de mi mente, pues ya tenía suficiente con mi combate con Ulf y con las punzantes miradas de aquellos nórdicos. Había llegado el momento. Ulf, confiado, se hallaba a pocos pasos de mí y con la guardia baja. Simulé que caía de rodillas y cuando mi maestro se acercaba para consolarme le ataqué, golpeándole con fuerza en el brazo derecho. La espada no estaba afilada, pero un golpe certero con ella deja al enemigo indefenso, a merced de su rival. El grito de dolor de Ulf detuvo las carcajadas de los presentes. El capitán dejó caer su acero al suelo, quedándose desarmado. Me dirigí hacia mi derrotado enemigo, amenazándole con la espada.

—¡Soy Haakon, el hijo de Gunnjorn, jefe de Vestfold! —exclamé y, desafiando a los nórdicos con mi acero, añadí—: ¡Y rebanaré el pescuezo y arrojaré sus vísceras a los cuervos de Ragna a todo aquel que ose ofenderme a mí o a mi familia!

—¡Ja, ja, ja! —rio Ulf, doliéndose del golpe—. Maldita sea, no te puedes fiar ni de un mocoso de catorce años.

Los nórdicos rompieron en vítores y se acercaron a mí, levantando sus jarras de cerveza. Mi padre se encontraba tremendamente feliz, y daba grandes zancadas saludando a todo aquel que se acercaba a felicitarle. Un malhumorado Jokull le seguía con dificultad. Ulf me cogió de los hombros y me miró orgulloso.

—Hoy me has vencido, te has servido del engaño para superar a un oponente más fuerte. Lo que has aprendido hoy te puede ser muy útil en el futuro, no lo olvides —me dijo.

—Emplea todas tus habilidades para vencer al enemigo —comenzó a decir mi padre, que había llegado hasta nosotros—; tu fuerza, tu inteligencia, tu astucia. Si tu enemigo te considera débil, simularás ser fuerte, y si te juzga poderoso, fingirás ser frágil como una damisela. Engañar, mentir, traicionar, sólo debes permanecer fiel a los tuyos, los demás —añadió señalando a un grupo de hombres del Norte que se dirigía hacia nosotros— son meros bastardos de quien servirte cuando te sean útiles —se detuvo de golpe, pues uno de esos bastardos se encontraba demasiado cerca y no era del todo apropiado que escuchara lo que mi padre opinaba de él.

—Has luchado muy bien —dijo ese nórdico, de nombre Gunnar, a quien llamaban el Implacable—, te mereces un buen trago de cerveza —añadió, entregándome una jarra.

—Aún no —repuso mi padre con frialdad.

Gunnar le miró, se encogió indiferente de hombros y se dirigió hacia un hombre al que saludó de forma efusiva.

Le observé mientras se alejaba. Gunnar era el jefe de Ribe, una de las ciudades más importantes de Dinamarca. Poseía una docena de naves y mandaba sobre quinientos hombres. Sus expediciones eran temidas por irlandeses, ingleses y sajones, pues dejaban un reguero de muerte y destrucción a su paso. Según se aseguraba, no conocía la piedad y era poseedor de una ambición sin límite. Era alto y muy fuerte, más incluso que Ulf. Tenía el cabello negro y le colgaba de los hombros. Las sienes le comenzaban a clarear, lo que revelaba que ya no era joven, aunque sus poderosos brazos alegaran lo contrario. Lucía una barba espesa y negra con algunas hebras de color plateado y decoraba sus orejas con unos grandes aros dorados. Sus ojos eran de un azul profundo y sus labios ocultaban unos dientes extremadamente blancos. Vestía una camisa de color rojo y, por encima de ésta, un peto de cuero y una cota de malla que, a pesar de la ausencia de sol, brillaba como si fuera de plata. En su brazo izquierdo portaba un hermoso casco con visera adornado con un águila con las alas desplegadas y dos hachas aferradas a sus garras. De su cinturón colgaba una hermosa espada con la empuñadura de plata, rematada con la figura de dos hachas negras cruzadas por el mango sobre un fondo rojo. Era su enseña y la imagen que enarbolaban las banderas de sus doce barcos. Quedé tan fascinado por aquel danés que, si le hubiera faltado un ojo, habría considerado que me hallaba ante la encarnada presencia de nuestro dios Odín.

—Ten cuidado con él, es peligroso —me dijo mi padre mientras observaba al nórdico.

—¿Por qué? Es vikingo como nosotros.

—Veo que no has entendido mi consejo —respondió, sacudiendo la cabeza—. Muchos de los que están ahora aquí bebiendo cerveza y comiendo cordialmente con nosotros, mañana pueden tornarse en nuestros peores enemigos. Los hombres del Norte no tenemos amigos, sólo aliados circunstanciales. Somos ambiciosos y oportunistas, ávidos por amasar riquezas y renombre. Y te puedo asegurar que el danés es el más brutal de todos nosotros. A Gunnar sólo le interesa apoderarse de un buen botín, y si para obtenerlo tiene que robar a su propia madre, ten por seguro que lo hará. Si quieres vivir muchos años, aléjate todo lo que puedas de él.

Levanté la vista y mis ojos se cruzaron con los suyos. El danés me sonrió y me saludó levantando la jarra de cerveza. Sonreí e hice lo propio con la mano.

—¿Qué hace aquí, en Vestfold? —pregunté a Gunnjorn sin apartar la mirada de Gunnar.

—El año pasado saqueó una importante ciudad francesa, consiguiendo un cuantioso botín. Según me han comentado, ha consultado a los augures y le han aconsejado que viaje a Noruega y a la tierra de los rus y venda las espadas y el vino que ha robado, pues el tiempo le será benigno y las corrientes favorables.

—Debe tratarse de un gran vikingo.

—Lo es —confirmó mi padre.

En sus ojos advertí un sentimiento que no pude identificar. Contemplaba al danés con admiración y respeto, pero había algo más, y pasaron algunos años hasta que lo descubrí; era odio y temor. Aunque en ese momento lo desconocía, mi padre, el jefe de Vestfold, el audaz vikingo que año tras año emprendía la ruta del Oeste asolando aldeas y monasterios, odiaba y temía al danés.

—Si un día divisas sus naves navegando por el fiordo con los mascarones de susproas libres de sus adornos, sopla con fuerza el cuerno de Gjallarhorn y prepara la defensa de la aldea —prosiguió.

Cuando una flota vikinga recalaba en tierras enemigas, se retiraba la cabeza de los animales que adornaban los mascarones de las proas de los barcos con el objeto de no irritar a los espíritus locales. Era señal de que su visita no era del todo amistosa. El cuerno de Gjallarhorn lo soplaba el dios protector Heimdall cuando algún peligro amenazaba el Asgard, la morada de los Ases. En Vestfold, teníamos un enorme cuerno situado en la atalaya del vigía. Éste lo hacía sonar para advertir del regreso de las naves o cuando un peligro acechaba a la aldea.

—¿Por qué iba a atacarnos? —un escalofrío recorrió mi cuerpo. Me temblaban las rodillas sólo con pensar que podría enfrentarme a Gunnar.

—Es ambicioso, ya te lo he dicho.

Varios hombres se acercaron a Gunnar y le saludaron afectuosamente. Alguno de ellos me pareció que con demasiada sumisión, como si le rindiera pleitesía. Un nórdico de cabello escaso y rostro rasurado le sonreía con gesto bobalicón y soltaba fingidas carcajadas cuando el danés profería alguna gracia. Los demás no le iban a la zaga. Ulf, en cambio, le lanzaba miradas furtivas y vigilantes. Al igual que mi padre, tampoco se fiaba de él. Poco a poco, los nórdicos fueron acercándose a nosotros y la duda de por qué se encontraban observando mi entrenamiento llegó a mi mente.

—Nunca había visto a tantos jefes de aldea y capitanes de barco juntos, ¿por qué se han reunido hoy aquí? —pregunté.

—Yo les he invitado.

Tal respuesta no colmó mi curiosidad e insistí:

—¿Por qué?

—Pronto lo sabrás, no seas impaciente —mi padre me cogió de los hombros y me miró con sus profundos ojos azules.

—Hijo, hoy es un día muy importante para ti… y para mí.

—Pero...

Gunnjorn me dejó con la palabra en la boca y se dirigió hacia un hombre del Norte de rostro rasurado, y melena roja y trenzada que exhibía una aparatosa marca en la nariz. Posiblemente esa cicatriz fue causada por el filo de una daga o de una espada en alguna de sus correrías por tierras de Occidente. Un recuerdo imborrable incluido como parte del botín y que le recordaría, no en pocas ocasiones, lo cerca que había estado de reunirse con Odín.

A nuestro alrededor se arremolinaron los nórdicos. Todos lucían reverberantes cascos, plateadas cotas de malla y hermosas espadas de hierro francés. Eran grandes guerreros, hombres fuertes y poderosos que hacían ostentación de sus riquezas exhibiendo brazaletes y anillos de oro, y botas de cuero con hebillas y protecciones de plata.

Yo seguía sin entender en qué consistía todo aquello, pero no me importó. Unos veinte hombres del Norte me rodeaban y yo me encontraba feliz, había demostrado que ya era lo suficientemente medrado para embarcarme en una nave y saquear ciudades o monasterios en Escocia o Francia.

Mi padre ordenó que se formara un círculo a nuestro alrededor y los nórdicos se apartaron dejándonos algo de espacio. Y allí estaba yo, con el brazo de mi padre sobre mis hombros, rodeado de los guerreros más poderosos que jamás había visto. Recuerdo que me encontraba inquieto, pues era el protagonista de algo que desconocía y temía no estar a la altura. No obstante, aquel era un día singular, un día de fiesta, y no tardé en saber el porqué.

—¡Gloriosos jefes y capitanes de barco —comenzó a exclamar mi padre—, hoy hemos sido testigos de cómo Haakon, mi hijo primogénito, ha vencido a su mentor y maestro, Ulf el Sabio! Pero ¿esta victoria le convierte en vikingo?

Los nórdicos negaron con fuertes gritos.

—¿Qué desafío debe superar un joven noruego de Vestfold para convertirse en guerrero, en un futuro vikingo?

—¡Sangre! —gritó Ottar, uno de los capitanes de mi padre.

—¡Su espada debe probar el sabor de la sangre! —gritó otro, un nórdico de pelo escaso y cara de sapo que no conocía.

—¡Debe demostrar que tiene el valor suficiente para segar la vida de un hombre! —exclamó Gunnar.

Mi rostro se ensombreció ante las palabras del danés. A pesar de mi juventud, manejaba bien la espada e incluso el arco, pero nunca había matado a nadie. Era noruego, un futuro vikingo, sabía a qué se dedicaban mi padre y sus hombres cuando, en verano, embarcaban en sus naves dirigiéndolas hacia el Oeste. Era consciente de que algún día tendría que matar, aunque ese momento lo veía lejano y jamás me había preocupado. Pero ahora, rodeado de valerosos guerreros sedientos de sangre, sentí cómo mis piernas flaqueaban y un fuerte temor atenazó mi joven espíritu.

—¿Queréis ver sangre, malditos bastardos? —preguntó mi padre.

—¡Por todos los dioses, claro que queremos! —respondieron los allí presentes, entre carcajadas y tragos de cerveza.

—Hoy es el gran día —prosiguió Gunnjorn, y comenzó a pasear por el interior del círculo. Le observaba con atención, anhelando que desvelara de una vez qué demonios hacía yo rodeado de nórdicos vestidos para la guerra y armados hasta los dientes—. En nuestra tierra, cuando un niño cumple catorce años, ya es considerado un adulto, pero todavía no es un hombre. Es necesario forjar su carácter, endurecer su espíritu. Debemos asegurarnos de que llegado el momento, luchará con valor por defender a su pueblo, por honrar a su clan, ensalzando la memoria de sus antepasados. Mi hijo ha demostrado ser hábil con la espada y valiente en combate, pero no es suficiente.

—¡Tengo una cabra que lucha mejor que tu hijo! —exclamó un hombre de largos bigotes negros y ojos pequeños como los de un ratón.

Mi padre sonrió y varios nórdicos estallaron en carcajadas.

—¡Creo que mi abuela lucha mejor con un brazo atado en la espalda! —dijo otro.

—¡Gunnjorn! —gritó uno más—. ¡Hazle una muñeca de madera y que se vaya a jugar con las demás niñas!

El efecto de la desmesurada ingesta de cerveza empezó a hacer mella en los nórdicos y fueron varios los insultos e imprecaciones que me dispensaron. Algunos de ellos eran tan ingeniosos que mi propio padre no pudo aguantar la risa.

Aunque sabía que tarde o temprano me enfrentaría a la «prueba de carácter», el rito de iniciación por el cual los jóvenes nórdicos son ofendidos con todo tipo de insultos, vejaciones e improperios con el fin de poner a prueba su entereza, verme zaherido por un grupo borrachos descerebrados no fue agradable.

—¡Míralo, creo que va a romper a llorar! —exclamó el nórdico de la nariz partida con quien mi padre conversó hacía unos instantes.

—¡Gunnjorn, dale un pañuelo para que se limpie los mocos!

Las risas me envolvieron. A mi alrededor sólo vi bocas abiertas que mostraban dientes escasos y amarillos, mientras soltaban estruendosas carcajadas. Apenas tenía catorce años, no era más que un chiquillo asustado, abrumado por las crueles burlas que aquellos despiadados guerreros me dispensaban. Las lágrimas estuvieron a punto de aflorar de mis ojos horadando mis pálidas mejillas, pero, por suerte, las contuve. Mi padre me observaba con atención, pero no intervenía. Escuchaba cada uno de los insultos con indiferencia, como si no fueran dirigidos a su primogénito. Y si mi padre no estaba preocupado, ¿por qué iba a estarlo yo? Pero ¿qué esperaban de mí? ¿Qué querían que hiciera? Como no tenía respuesta a las preguntas que brotaban atropelladamente en mi cabeza, decidí esperar a que se cansasen y me senté en el suelo con las piernas cruzadas.

—¿Estás cansado, pequeño mocoso? —me preguntó Snorri Narizpartida, pues así se llamaba el nórdico que tenía el cabello trenzado y la nariz desfigurada.

No respondí. Narizpartida se acercó a mí, se puso en cuclillas y me propinó un bofetón que me hizo caer de lado. Ya era suficiente. Me levanté de un salto y miré a mi padre, que me contemplaba impasible con los brazos cruzados y los labios arrugados. Sabía que Narizpartida me había golpeado para provocarme, pero todo aquello dejó de ser un humillante entretenimiento para convertirse en una cuestión personal. Mis ojos estaban vidriosos y, si no hacía algo inmediatamente, rompería a llorar. Había sido humillado, vejado, golpeado y, como futuro vikingo, tenía todo el derecho a responder a la afrenta. Observé a Narizpartida con más atención. Era fuerte, e iba bien armado. De ninguna manera podría derrotarlo en combate con mi espada de entrenamiento, a decir verdad, no podría vencerlo con ningún acero. Pero mi honor, y con él el de todo mi clan, había sido arrastrado por el fango y no podía consentirlo. No, no podía. Así pues, puse los brazos en jarra y le dije:

—Me han asegurado que tienes la nariz partida por meterla en el culo de tus cabras —los nórdicos callaron sorprendidos y Narizpartida me observó con los labios fruncidos—. Tu mujer, cansada de tus visitas al rebaño, decidió poner cuchillas en todos los culos de los animales. Un buen día acudiste al redil para entretenerte con tu pasatiempo favorito, olisquear culos de cabra, cuando ¡zas! tu nariz se partió en dos. Pero mal le salió la jugada a tu mujer, pues ahora no les metes la nariz a las hembras, sino a los machos.

Los hombres del Norte, gratamente sorprendidos, soltaron una estruendosa carcajada, inundando aquel prado con vozarrones broncos y ásperos con olor a cerveza. A pesar de estar completamente asustado, mantuve mi vista fija en Snorri, tragándome la hiel que corría por mi garganta y anticipando su furibundo ataque. Pero Narizpartida rompió en una sonora carcajada y me señaló con el dedo, al tiempo que se abrazaba a un nórdico con quien compartió ese momento de regocijo. Resoplé más tranquilo y mis labios esbozaron una sonrisa nerviosa. Estaba persuadido de que había salido airoso de aquel complicado escollo, aunque aún me hallaba terriblemente agitado por la fastidiosa experiencia. Mi padre rió de buena gana. Se dirigió a Narizpartida, y dándole un fuerte abrazo le dijo:

—¡Ja, ja, ja! La inventiva ha debido heredarla de su madre —se secó una lágrima—. Gracias, amigo Snorri, has hecho un gran trabajo.

Snorri se acercó a mí.

—Has aguantado muy bien los insultos y el bofetón y, además, tu respuesta ha sido muy ingeniosa —me dijo, tendiéndome la mano.

—Vuelve a golpearme y te mato —mentí, rechazando su gesto de un manotazo.

Narizpartida sonrió, consciente de mi fútil amenaza, y regresó con los demás.

—¡Este es mi hijo! —exclamó orgulloso mi padre, levantando mis brazos en alto.

Mis ojos se cruzaron con los de Jokull, que se había confundido entre los nórdicos. Tenía los brazos cruzados y los labios tan apretados que apenas se per­c­i­bían en su contraído rostro. A pesar del escarnio público y del bofetón, disfrutaba del momento y no pude evitar lanzarle una sonrisa tan victoriosa como ladina.

—Mi hijo ha demostrado ser hábil con la espada y con la palabra —dijo mi padre mirando a Snorri, que asintió con una leve inclinación—. Además, tiene la fuerza y el valor propios de un audaz guerrero. Todos ellos son grandes atributos, pero no son suficientes para convertirle en un hombre. Aún falta su bautismo de... —Gunnjorn se detuvo.

—¡Sangre!¡Sangre! —gritaron al unísono los nórdicos, levantando los puños al cielo—. ¡Sangre!¡Sangre…!

Mi padre alzó la mano y los gritos se apagaron. Los hombres del Norte permanecían expectantes ante la siguiente prueba que me aguardaba.

—Un nórdico se hace vikingo cuando se enrola en una expedición, mata escoceses y regresa a su hogar cargado de plata. Pero este año, mi hijo será el primero en iniciar una tradición que espero perdure durante largos años en estas tierras y que muchos de vosotros —dijo mi padre, señalando a los guerreros— asentéis en vuestras respectivas aldeas. Este es el motivo por el cual os he invitado: vais a presenciar un sacrificio de sangre en honor a Odín.

Era lo que me temía y, por desgracia, mis sospechas se confirmaron.

—¡Traedme al sajón!

Nuestro dios Odín adora los sacrificios. En su festividad, matamos caballos, corderos, vacas y algún que otro esclavo sajón o escocés. Yo había sido testigo de esos sacrificios y había visto a los caballos bufando en su agonía y pateando alocados, a los corderos balando aterrados ante el olor de la sangre pero, sobre todo, a los esclavos llorando, suplicando clemencia, meándose en los calzones con los ojos hundidos en lágrimas ante la turbadora imagen de la espada. Pero a Odín le gusta la sangre y a los vikingos también.

El círculo se rompió y ante mí apareció la atribulada figura del sajón. Tenía las manos atadas, vestía con harapos y estaba sucio de mugre y sangre. Había sido capturado durante la última campaña, pero fue herido en el tobillo derecho y cojeaba ostensiblemente. Ya no era útil a su amo, ni a la comunidad, pero encarnaba la víctima propicia que sacrificar en honor al más grande de entre los Ases. Estaba flanqueado por dos nórdicos, y uno de ellos me lo arrojó a los pies. El esclavo levantó la vista y me miró con ojos suplicantes, pero mi padre le golpeó con violencia en la cabeza.

Han pasado muchos años, pero no he conseguido borrar de mi mente aquellos lastimeros ojos marrones.

—Hijo, ha llegado el momento de convertirte en vikingo —me dijo cogiéndome de los hombros.

No respondí, miré al esclavo que permanecía hecho un ovillo a mi lado.

—Toma mi espada —prosiguió, desenfundando su arma—. Como sabes, pertenece a nuestra familia desde el inicio de los tiempos. Este acero colgará de tu cinturón el día que te nombren jefe de Vestfold.

Mi padre me dio la espada y yo la cogí con aprehensión. Era de hermosa factura, con la empuñadura de plata, rematada con la cabeza de un dragón y con piedras preciosas engastadas. El filo era perfecto: recio, ligero y extremadamente afilado y, a pesar del día gris, refulgía como la plata. Aunque montada en Vestfold, había sido fabricada en la ciudad francesa de Ulfberth, y su nombre aparecía escrito en la acanaladura. Durante unos instantes sopesé el arma entre mis manos y comprobé su ligereza, acaricié su filo y la levanté hacia el cielo para poder deleitarme en todo su esplendor. Una espada magnifica, pensé.

—Sabes que su nombre es Fuego de Dragón, pero cuando sea tuya la podrás llamar como desees.

En nuestro pueblo era costumbre poner nombre a nuestras posesiones más valiosas y no había nada más preciado para un nórdico que su nave y su espada.

—Me gusta el nombre. Si alguna vez es mía, lo mantendré —dije todavía absorto.

Mi padre asintió satisfecho.

—Ahora, hijo, acaba con el esclavo. Mis invitados te están observando.

Levanté la vista y advertí que los nórdicos me contemplaban con atención. Estaba tan embelesado admirando a Fuego de Dragón, que había olvidado a los hombres del Norte y al sajón que me circundaban.

—Debes demostrar que eres digno de ser mi heredero, de gobernar Vestfold y de comandar expediciones hacia Occidente —continuó diciendo mi padre—. Tienes que forjarte un nombre, ganarte una reputación. El nombre de Haakon, hijo de Gunnjorn, debe provocar que tus enemigos se caguen de miedo sólo con oírlo. Y hoy es el día elegido para que empieces a granjearte la reputación que te acompañará el resto de tu vida.

Le miré confuso, sabía lo que quería, pero dudaba si estaba preparado para cumplir con sus deseos.

—¡Mátalo! —me ordenó, señalando al esclavo.

Los nórdicos rompieron en vítores y levantaron las jarras de cerveza en alto. Era un día de fiesta, el día de mi bautismo de sangre. Ahora sabía por qué me encontraba en presencia de tan notables hombres vestidos con sus uniformes de guerra, por qué presenciaron mi entrenamiento y por qué docenas de barriles de cerveza y restos de carne de cordero estaban esparcidos por la explanada. Sí, era un día de fiesta, y yo era el pretendido agasajado.

—¡Mátalo! ¡Mátalo! —comenzaron a gritar los nórdicos.

Me acerqué al esclavo y posé a Fuego de Dragón sobre su cabeza. El sajón gimoteaba atemorizado y sus raídos calzones se ensuciaron de orina y excrementos.

—¡Mata a ese asqueroso, nos va a apestar con su hedor! —gritó Snorri ante la risas de los demás.

El sajón comenzó a llorar, consciente de su destino. Acerqué más la espada, mi corazón latía con fuerza. Los gritos de ««mata, mata, mata»» que bramaban los nórdicos bullían en mi cabeza. Aquellos hombres me miraban con los ojos extraviados por la ingesta de cerveza, y ante la tentadora perspectiva de presenciar una ejecución. Sus bocas desdentadas expelían gritos bañados con escupitajos y restos de comida, al tiempo que alzaban sus jarras y cuernos de cerveza, aguijoneándome para que acabara con la vida de aquel desgraciado. Pero yo no quería, no podía matarlo. Sentí una profunda lástima por el esclavo. ¿Por qué debía morir? ¿Cuál había sido su crimen? Ninguno —respondí mentalmente—, simplemente estar en el sitio inadecuado cuando los vikingos hacían una de las suyas. Miré a mi padre. El jefe de Vestfold me observaba con severidad, exhortándome a cumplir con mi cometido, con mi obligación. Ulf se impacientaba y los demás nórdicos intercambiaban miradas confusas sin entender por qué aún el esclavo permanecía con vida y Fuego de Dragón limpia de sangre. Mis ojos se cruzaron con los de Gunnar. Entornó los ojos y se mesó la barba pendiente de mis movimientos.

—Mátalo, hijo —susurró mi padre.

Jokull se abrió paso entre los nórdicos y se acercó a mí. Me sonreía con malicia. Durante unos instantes nos envolvió un profundo silencio. Volví a mirar al esclavo. Estaba muerto de miedo, temblando como el gazapo que acaba de divisar a un águila volar sobre su cabeza. Intentó huir en un momento de indecisión. Pobre insensato. Tenía la manos atadas y estaba rodeado por bravos guerreros. Lo único que consiguió fue llevarse algún que otro golpe antes de volver a ser arrojado a mis pies, ante la hilaridad de los presentes. Humillado, tullido, aterrado... el esclavo era la viva imagen de la fatalidad y de la desgracia más sublime. Pero era inofensivo. No ha­bía hecho ningún mal a nadie y no representaba ningún peligro para mi pueblo. ¿Por qué tenía que matarlo? Miré a mi padre; me contemplaba con severidad. Al igual que al resto de los nórdicos, comenzaba a agotársele la paciencia. El esclavo gimoteaba y volvió a mearse encima. Mi tiempo se terminaba, y el del sajón también. No tenía más opción que matarlo o mi reputación sería arrastrada por el sucio fango para el resto de mi vida. Así lo había asegurado mi padre y así era en nuestra tierra: para un vikingo, la reputación lo significaba todo. Respiré hondo, tragué saliva, levanté mi espada y la bajé con fuerza clavándola en... el húmedo suelo.

—No puedo, padre. Lo siento.

Las lágrimas luchaban por brotar de mis ojos, pero conseguí reprimirlas, ya ha­bía humillado lo suficiente a mi padre delante de todos aquellos nórdicos como para que también viesen a su hijo llorar como una plañidera. Capitanes de barco o jefes de aldea como Gunnar, que fueron convocados para contemplar cómo el hijo del valeroso Gunnjorn, con catorce años, ejecutaba a su primera víctima y que ahora eran testigos de mi cobardía. Ese día debía labrarme una reputación y, por todos los Ases y los Vanes, que me la labré.

—Debes hacerlo —repuso mi padre, mirando inquieto a los nórdicos que murmuraban en derredor.

—No puedo, no puedo matarlo.

Mi padre me miró con severidad y frunció los labios. Se hallaba terriblemente enfadado, pues le estaba dejando en ridículo ante los demás nórdicos: su hijo era un cobarde y, por tanto, su estirpe estaba mancillada con el deshonor.

—¡Hazlo! —exclamó enfurecido para regocijo de Jokull, que no dejaba de sonreír y dar saltos como un bobo. Los hombres del Norte dejaron de murmurar y nos miraron con atención.

El grito de mi padre me sorprendió y Fuego de Dragón resbaló de mis manos, posándose impoluto en la tupida hierba. Mi padre observó cómo su apreciada espada yacía limpia de sangre en el suelo. Desvió la vista hacia mí. No tardé en leer la ira y la decepción que transmitían sus ojos. Cerró el puño derecho, casi imperceptiblemente, y cruzó el aire como una centella chocando con estrépito contra mi rostro. Caí al suelo y me toqué el labio, que se había hinchado a consecuencia del puñetazo y del que comenzó a brotar un hilo de sangre. Todos los presentes callaron y me contemplaron consternados. Tan atentos estaban a mi humillación pública que no repararon cuando Jokull, rápidamente, cogió del suelo la espada de mi padre y, lanzándose sobre el sajón, se la clavó entre las costillas, matándolo en el acto. El desgarrador lamento de dolor del esclavo llamó la atención de los presentes, que observaron, entre sorprendidos y divertidos, cómo mi hermano pequeño segaba la vida del pobre desgraciado. Jokull, sonriente y satisfecho por su hazaña, le devolvió el acero a mi padre, no sin antes limpiarlo de sangre en los harapos del sajón.

Ragna, oculta en la espesura del bosque, no había perdido detalle de todo lo sucedido. Sonriente y satisfecha por lo que sus ojos habían presenciado, se perdió en la penumbra.

—¡Ja, ja, ja! —Gunnar comenzó a desternillarse de risa—. Parece que te has confundido de heredero —le dijo a mi padre, dándole una palmada en la espalda.

—Ya os dije que mi cabra lucha mejor que él —dijo el nórdico de largos bigotes y ojos pequeños, contemplándome con una media sonrisa.

—¡Y mi abuela! —gritó otro, soltando una gran carcajada.

—¿Para esto nos has reunido? —le espetó a mi padre un jefepaticorto, gordo y con los brazos como troncos de árbol—. Si fuera hijo mío lo abandonaría en el bosque para que fuera pasto de las alimañas.

—Es un inútil —dijo uno más.

—Deberás centrar tus esfuerzos en el pequeño —volvió a decir Gunnar, señalando a un orgulloso Jokull—. Éste que se dedique a cuidar a las mujeres y a los niños mientras los vikingos saqueamos a los cristianos —añadió señalándome a mí.

Estaba padeciendo una nueva humillación, pero ésta fue más hiriente que la anterior, pues las palabras de los hombres del Norte eran sinceras y no buscaban provocarme, sino constatar una realidad: mi falta de valor al no ser capaz de matar al esclavo.

Nunca podré olvidar la mirada de decepción de mi padre. Tenía muchas esperanzas puestas en mí. Hasta ese momento, había demostrado mi destreza con las armas y mi valentía en combate pero… no quería matar. No, no estaba preparado para segar vidas. Todavía recuerdo los ojos suplicantes del sajón implorando una clemencia que no disfrutó, pues mi hermano Jokull no dudó en coger la espada y clavársela por la espalda.

—Eres la escoria del clan —me espetó Jokull, disfrutando de su momento de gloria. Me había arrebatado el protagonismo del día y se sentía como pez en el agua recibiendo parabienes y felicitaciones.

Los nórdicos, en medio de chanzas y burlas, se dirigieron hacia los barriles de cerveza y hacia la carne que aún no había sido devorada. La sed y el hambre de aquellos guerreros eran insaciables. Y allí nos quedamos los cuatro: mi padre, mi hermano, el esclavo muerto y yo.

—Lo siento, padre —me lamenté.

Pero Gunnjorn no respondió, cogió de los hombros a Jokull y me dio la espalda, dejándome solo con mi angustia y con una insondable vergüenza.

El que debía haber sido el día más feliz de mi existencia se convirtió en el más aciago y triste. Intenté reprimir las lágrimas, era lo único que podía hacer para mantener la poca dignidad que aún atesoraba, pero no lo conseguí. Caí arrodillado al suelo y comencé a llorar en silencio, con el cadáver del sajón como único testigo. Desconozco cuanto tiempo permanecí así, gimoteando como una muchacha despreciada, como un aterrado monje cristiano rodeado de vikingos ávidos de botín y sangre, entregado por entero a mi desgracia. Hasta que sentí una mano sobre mi hombro.

—¿Te encuentras bien?

Levanté la vista y me encontré con los ojos azules y el cabello largo y rubio de Hassmyra. Llevaba un vestido marrón y los brazos, como era habitual en ella, estaban adornados con brazaletes de plata y bronce. Te­nía un año más que yo y éramos mucho más que buenos amigos. En sus ojos pude advertir un profundo pesar.

—Tu hermano me ha contado lo sucedido.

Poco tardó Jokull en correr a su granja y narrarle mi proeza, al igual que los cuervos Hugin y Munin acuden cada noche a los hombros de Odín y le susurran lo que han visto y escuchado durante el día. Por primera vez en su vida, él era el protagonista; con apenas trece años había matado al esclavo sajón, gesta que debía haber consumado su hermano mayor, pero de la que no fue capaz.

—No te preocupes —dijo Hassmyra, poniéndose de cuclillas—. Todo saldrá bien, ya lo verás.

En la explanada, los nórdicos continuaban bebiendo y comiendo, ignorándome por completo. Entre ellos, mi padre, que me dio la espalda mientras recibía todo tipo de condolencias. Se le veía triste, afligido, sin apartar la vista del suelo. Varios hombres le consolaban como si hubiera perdido un hijo. Tal vez así había sido.

—He avergonzado a mi familia —logré decir.

—Quizá no estés aún preparado…

—Tal vez no lo esté nunca. Permaneceré en Vestfold sembrando los campos o cuidando las vacas mientras los nombres del Norte viajan a Escocia —dije con amargura. Para un nórdico y más si éste era el hijo de un jefe de aldea, era un deber, una ineludible obligación erigirse en vikingo y encabezar expediciones de robo y saqueo.

—Sólo necesitas algo más de tiempo.

La miré y me sonrió. La conocía desde que era muy niño. Siempre nos buscábamos para jugar juntos o realizar las tareas que nuestros padres nos encomendaban. Adorábamos perdernos en el bosque y explorar nuevos senderos y ocultas cuevas. No lo sabía, pues aún era demasiado joven, pero creo que la quise desde el primer día que la vi. Su sonrisa fue un bálsamo para mí y, al igual que la tibieza de la incipiente primavera despierta a las flores y las anima a tapizar los verdes prados con sus infinitos colores, el calor que irradiaban sus ojos me alentaron a desprenderme de parte del infortunio que me apesadumbraba y a distanciarme de aquellos nórdicos crueles, ávidos de feroces diversiones y sangrientos sacrificios y, sobre todo, de aquel cadáver que yacía contorsionado sobre la hierba salpicada por su propia sangre. Así pues, respiré fuerte y me levanté.

—¿Damos un paseo lejos de este lugar? —le pregunté señalando al esclavo.

Me asintió con una sonrisa y me cogió de la mano. Miré en derredor, los nórdicos reían y jugaban a los dados al tiempo que daban buena cuenta de la cerveza y del asado. Al menos, parecía que yo había dejado de ser el centro de chistes y mofas. Mi mirada se cruzó con la de mi padre, sus ojos me confirmaron que seguía furioso conmigo. Ulf, que se encontraba a su lado, levantó su jarra a modo de saludo y prosiguió charlando con él. Jokull les observaba a ambos con los brazos en jarra y los labios fruncidos. No podía oír de qué estaban hablando, pero era evidente que a mi hermano la conversación no le complacía en absoluto. Seguramente, consideraba que matar al sajón le elevaría a los altares del Asgard, pero seguían tratándolo como al niño que era. No obstante, había sacrificado al esclavo y exigía un poco más de atención.

Nos dirigimos al bosque. Yo no dejaba de mirar a mi hermano, que continuaba mostrando un gesto serio y contrariado.

—¿Qué miras? —me preguntó Hassmyra.

—A mi hermano. Mi padre y Ulf están hablando de algo que no es de su agrado.

—¿Qué podrá ser?

—No tengo ni idea —respondí encogiéndome de hombros.

Jokull no ocultó su enfado y, dando una patada a una piedra, se dirigió malhumorado a la granja.

Entramos en el bosque dejando atrás las carcajadas y exabruptos de los nórdicos, que vaciaban con celeridad los barriles de cerveza, al tiempo que engullían la carne de cordero como si fueran osos hambrientos, sorprendidos por una incipiente primavera tras largas semanas de hibernación. El cielo seguía gris y plomizo, pero no llovía. Caminamos por una estrecha senda flanqueada de helechos y llegamos a una gran roca.

—¿Por qué no lo mataste? —me preguntó Hassmyra nada más tomar asiento sobre la piedra.

—Sentí lástima por él, no era más que un menesteroso y tullido esclavo.

—Quizá te hayas vuelto compasivo como los cristianos.

Había oído hablar de los cristianos y de sus costumbres. Yo les consideraba débiles y fáciles de robar. A menudo, nuestros barcos regresaban cargados con la plata saqueada de los monasterios de Escocia, Inglaterra y de los territorios francos. Era gente pusilánime y confiada, que consideraba que con arrodillarse y rezar a su Dios podría evitar ser desvalijada y asesinada.

—No —negué con vehemencia.

—Mi padre dice que entre los nórdicos no debe existir la clemencia. Nuestro dios Odín nos protege porque bendecimos su nombre con la sangre de los cristianos.

El padre de Hassmyra se llamaba Ottar. Era el capitán de una de las naves de Vestfold y tenía bajo su mando a unos cuarenta hombres. Era grande y fuerte, tenía las manos como remos y una cabeza desproporcionadamente grande, por eso le llamaban Ottar Cabeza de Buey. Tenía los ojos azules, el pelo castaño y una pequeña barba que recortaba casi a diario. Era un hombre ambicioso, insaciable, nunca regresaba de las expediciones hasta que la bodega del Sangre Vikinga, pues así se llamaba su barco, no rezumaba de tesoros. Mi padre le consideraba un buen capitán, aunque no confiaba en exceso en él y prefería mantener ciertas distancias.

Helga, la madre de Hassmyra, murió durante el parto, y Ottar era su única familia, pues carecía de hermanos y de familiares cercanos. No obstante, Cabeza de Buey profesaba una gran devoción a su hija, en quien había depositado grandes esperanzas de concertar un más que fructífero matrimonio.

—Quizá no esté preparado para ser vikingo.

—Ya sabes lo que piensa mi padre de todos aquellos que son incapaces de portar una espada —prosiguió, y sus ojos se velaron.

—Lo sé.

Ottar despreciaba a los nórdicos que se limitaban a cuidar del ganado o a labrar las tierras, y que, llegada la primavera, permanecían al resguardo de sus familias en lugar de embarcarse hacia Occidente. Él los consideraba poco más que esclavos y no toleraba que Hassmyra se acercase a ellos. Con toda seguridad, mi benevolencia con el sajón tendría sus consecuencias en mi relación con su hija.

—Tu padre no aceptará que volvamos a vernos —proseguí, negando con la cabeza—. Seré vikingo —añadí convencido—, un gran guerrero, el orgullo de nuestra aldea. Regresaré de las expediciones con la bolsa colmada de plata y las joyas más hermosas que jamás hayas visto.

—Serás lo que dicte tu corazón y yo siempre te querré, seas campesino o guerrero —dijo, besándome en la mejilla.

—Hablaré con mi padre y le pediré una segunda oportunidad, demostraré a Ottar y al resto de nórdicos que puedo ser un gran vikingo. Tu padre hablará con el mío y acordarán nuestra boda. Sí, eso hará tu padre, puedes estar segura.

De pronto, el ruido en unos matorrales llamó nuestra atención. En aquel bosque apenas acechaban ya los lobos, pues habían sido prácticamente exterminados hacía tiempo, pero no eran precisamente las fieras lo que más podíamos temer. Los bosques estaban colmados de espíritus y criaturas maléficas que atacaban a los mortales o los secuestraban, arrastrándolos a sus mundos de ultratumba. De todos esos seres malignos, a los que más temía era a los draugr, los espíritus de aquellos hombres que no habían disfrutado de las oportunas exequias tras su fallecimiento o que habían sufrido una muerte violenta que no había sido debidamente vengada; por lo tanto, aún no habían cruzado la frontera existente entre los vivos y los muertos y vagaban por los bosques mientras sus cuerpos se descomponían, clamando los nombres de sus familiares con voz espectral, exigiendo venganza o un funeral acorde a su dignidad. En ocasiones, atacaban a los viajeros solitarios y les arrastraban a su mundo de sombras, no volviendo nadie a saber de ellos. Protegí a Hassmyra tras mi espalda y desenfundé mi pequeña daga, temiendo que el ruido de los matorrales hubiera sido causado por un iracundo draugr. Entonces, apareció ante nosotros la imagen siniestra y sucia de Ragna, la bruja.

—Vaya, vaya, si es Haakon, el amigo de los esclavos —dijo con una maliciosa sonrisa—. ¿Te he asustado? ¿Acaso me has confundido con el espíritu del sajón? Sí, debe ser eso. Has escuchado un ruido en el bosque y has concluido que el sajón ha huido de los infiernos para darte las gracias por tu generosidad.

Ignoramos sus palabras y emprendimos el regreso a la aldea. Pero la bruja no se dio por vencida y me espetó, señalándome con su huesudo dedo:

—¡Nunca serás vikingo!

—¿Qué quieres decir? —le pregunté.

Detuve mi paso y me acerqué a ella con mi daga aún desenvainada. La hechicera me miraba con sus acuosos ojos grises y una siniestra sonrisa brotó de su enjuto y ajado rostro.

—¿Te atreves a amenazarme a mí, a una indefensa anciana? —me preguntó sacudiendo la cabeza.

Ragna se sentó en el suelo, sobre un montón de helechos.

—No tienes valor —prosiguió—. De nada sirve que me amenaces con esa daga, pues careces de la valentía necesaria para usarla, al igual que no tuviste el coraje suficiente para matar al esclavo.

La hechicera me estaba insultando, parecía que ese día todo el mundo —menos Hassmyra— se había conjurado para ultrajarme.

—No me provoques, vieja loca, tú no eres tan inofensiva como el sajón.

La bruja se levantó de un salto con sorprendente agilidad.

—¡Tú nunca serás el jefe de Vestfold! —exclamó, señalándome otra vez con su dedo acusador.

La bruja se perdió en el bosque dejándome con la palabra en la boca y una profunda inquietud en la mente.

—¿Por qué habrá dicho eso? —preguntó Hassmyra.

—No lo sé —respondí preocupado.

Durante el resto del camino apenas abrimos la boca. Ambos recapacitamos en busca de alguna explicación a sus palabras, pero no la encontramos. Llegamos a la aldea cuando el sol se ocultaba tras las copas de los árboles. Era la hora de cenar y las embarradas calles de Vestfold estaban desiertas. Nos despedimos con un beso y nos dirigimos a nuestras respectivas granjas. Mi corazón latía con fuerza, pronto me encontraría con mi padre y odiaba tener que ver su cara marcada por la decepción y la vergüenza. Crucé el pequeño muro de piedra que delimitaba la granja cavilando sobre cómo procedería mi padre una vez me tuviera delante. Entonces respiré hondo, tiré del batiente y entré en la casa.

La cabaña estaba construida en pino y era de planta alargada y rectangular, con la techumbre conformada por planchas de madera recubiertas con pellas de turba. Las vigas estaban asentadas sobre un suelo de tierra batida. A lo largo de la pared, un gran banco nos servía de asiento, y a veces de cama. Tenía dos alcobas una la ocupaban mis padres y la otra la compartía con mi hermano. Carecía de ventanas y la luz exterior entraba en la casa a través de dos tragaluces de vejiga de cerdo tensada. El establo estaba anexo a la casa y a él se accedía a través un estrecho corredor, al igual que al pajar, donde almacenábamos el heno y la leña. El mobiliario era muy sencillo: una mesa abatible de madera de pino, cuatro escabeles, dos alacenas de esquina donde se almacenaba la comida, un hoyo para el fuego en el centro de la estancia donde mi madre cocinaba y poco más.

Allí, sentados a la mesa, se hallaban mi padre, mi hermano y mi madre, Jora, que me miró con los ojos rojos por el llanto. Llevaba puesto un vestido largo de lana color verde y, por encima de éste, un delantal azul. Tenía los ojos marrones, la nariz pequeña y el pelo castaño recogido en un moño. Aunque ya no era una muchacha, mantenía gran parte de la lozanía y la hermosura que encandiló a mi padre. Sobre la mesa había una hogaza de pan, mantequilla, una bandeja con pescado seco y varias jarras de hidromiel. Mi padre me miró, cogió una rebanada de pan, le untó algo de mantequilla y se la comió sin hacerme el menor caso. Jokull, con gesto huraño, jugaba indolente con un pedazo de pescado, sin decidirse a darle un bocado. Me miró de soslayo y volvió a jugar con su cena, ignorándome por completo.

—Hola —dije nada más entrar.

Tomé asiento en un escabel junto a mi hermano. Un profundo silencio nos envolvió, solo roto por algún que otro gimoteo de mi madre. Mi padre continuaba masticando con parsimonia con la mirada fija en la puerta de la casa. Siempre se sentaba en el asiento más elevado de la bancada, frente a la puerta, con Fuego de Dragón a su lado. Así podría reaccionar con rapidez en el caso de que alguien entrara en la casa con aviesas intenciones. Durante unos instantes, que se me hicieron eternos, nadie dijo nada. Mi madre se enjugaba las lágrimas, mi padre comía en silencio y mi hermano miraba embobado el pescado seco.

—He hablado con Ulf —dijo por fin mi padre, sin apartar la vista del plato—. El próximo verano tú le acompañarás a Escocia —añadió levantando la cabeza y mirándome fijamente.

—Es aún muy joven —gimoteó mi madre—, apenas tiene catorce años, no debería ir.

—¡Maldita sea, yo tenía su edad cuando maté al primer escocés! —replicó Gunnjorn, dando un puñetazo en la mesa y haciendo temblar los objetos que había sobre ella.

Entendí por qué mi madre lloraba y mi hermano, mi irascible hermano, estaba tan callado. Mi padre me estaba concediendo una segunda oportunidad. Me em­ba­rca­ría en el Viento de la Muerte con Ulf, saquearíamos conventos, monasterios y aldeas y regresaríamos a Vestfold con las bodegas cargadas de plata, armas y esclavos que vender en alguna ciudad de Frisia o Dinamarca.

Con la cabeza protegida con un casco de hierro, el pecho revestido con la cota de malla y aferrando con fuerza mi escudo de madera de tilo, me hallaría frente a los escoceses. Quizá entre ellos hubiera algún soldado, pero la mayoría serían ancianos, mujeres y niños defendidos por campesinos apenas armados con inútiles aperos de labranza. Me pregunté cómo me comportaría una vez estuviera delante de uno de ellos. ¿Dudaría a la hora de usar mi espada o actuaria como un auténtico vikingo, arrasándolo todo a mi paso? «Durante un saqueo no se puede dudar —así me lo había asegurado mi padre cientos de veces—, hay que eliminar a todo enemigo que tengamos delante, sea hombre, mujer o niño. Las madres protegen como fieras a sus hijos, lanzándose como lobas salvajes sobre todo aquel que amenace a su camada. Los hombres son conscientes del destino que padecerán sus esposas si su aldea es conquistada. El campesino más inofensivo se puede convertir en el enemigo más temible, para ello sólo es necesario que se sienta arrinconado o que vea peligrar a los suyos. Si dudas, mueres, es así de sencillo».

—Iré, padre, y te aseguro que no volveré a avergonzarte —acepté, aunque en verdad desconocía cómo iba a proceder cuando me encontrase frente a un escocés.

Mi padre me miró con severidad.

—Eso espero.

Jokull se levantó iracundo de la mesa y salió de la casa dando un portazo. Su momento de gloria había durado escasamente un solo día.

—Siento avergonzarte —dije a mi padre.

—No volverás a hacerlo —repuso lanzándome una áspera mirada. Mi padre no toleraría que volviera a fallarle.

—No todo el mundo puede matar —intervino mi madre.

—Es cierto, pero no todo el mundo es hijo de Gunnjorn, el jefe de Vestfold. Mis hijos —continuó— cuidarán el ganado, segarán los campos y pescarán ballenas cuando tengan que hacerlo, como hace todo nórdico, pero, llegado el momento, se calarán el casco, se vestirán con la cota de malla y se embarcarán en una expedición de saqueo. Eso harán mis hijos.

Debió advertir la duda en mi mirada, pues añadió:

—Y no me planteo otra posibilidad. Te quiero, hijo mío —dijo cogiéndome del hombro—, pero no vuelvas a dejarme en ridículo.

Bebió un largo trago de cerveza y prosiguió:

—Tu hermano tiene valor, hoy lo ha demostrado. Tiene grandes virtudes y no pocos defectos. Es valiente, incluso temerario, ama a los dioses y sus amigos le adoran. Pero es impulsivo, insensato, incapaz de encauzar su arrojado carácter. Tú estás predestinado a sucederme, pero, si no puedes comportarte como todos esperamos de ti, tendrás que asumir otro papel en la aldea y será tu hermano, si así lo decide el Consejo, quien me suceda.

—No te decepcionaré, padre —le aseguré mirándole a los ojos.

Sonrió con desgana, no estaba muy convencido de mis palabras. Cogió un pedazo de pescado, se lo metió en la boca y desvió la vista a la puerta. Mi madre me miró con ternura y me acarició el cabello antes de disponerse a recoger la mesa.

Gunnjorn se acercó al fuego y le echó un par de leños de pino. En poco tiempo, el olor a resina embalsamó toda la estancia, abrazándonos con su agradable calor. Cogimos un escabel y nos sentamos cerca de la lumbre para calentar nuestros cuerpos en la fresca noche. Jokull no había vuelto, pero tampoco nos preocupaba: eran habituales sus ataques de furia en los que salía de casa regresando varias horas después. Observé meditabundo cómo los leños crepitaban levantando pavesas incandescentes. Cogí una rama y golpeé unas ascuas haciéndolas chisporrotear. De pronto, entre las rojas brasas, me pareció distinguir el rostro de Ragna. Asustado, tiré el palo al fuego y su siniestro rostro se desvaneció tras una blanquecida humareda, suscitándome una profunda desazón que mordió mis entrañas con dentelladas furiosas.



[1] Oración frecuente en las iglesias de las islas británicas después de la primera incursión vikinga acontecida en el monasterio de Lindisfarne en el año 793 d.C.


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