VIKINGO, Las Crónicas de Haakon, el Cobarde

Actualizado: jul 23

A furare normannorum libera nos, Domine.

(De la furia de los hombres del Norte líbranos, Señor).[1]






CAPÍTULO I



Han pasado muchos años, pero los recuerdos de aquel día acuden a mi mente con la claridad de un lúcido amanecer de verano. El sol permanecía oculto tras unas hostiles y negras nubes. Hacía fresco, el viento portaba el aroma a hierba mojada y los gansos salvajes surcaban los cielos, regresando a sus hogares de verano después de resguardarse del áspero invierno en las cálidas tierras del Sur. En Vestfold, mi aldea, a comienzos de abril, el frío aún no nos ha abandonado, y el cielo suele aparecer velado por las tenaces nubes, pues los rayos de sol se hacen esperar en la tierra de los vikingos.

Era mediodía y, después de comer frugalmente un pedazo de pan de centeno, algo de mantequilla y un vaso de cerveza, me dispuse a ejercitarme con la espada. Solía entrenar en un verde prado rodeado por un tupido bosque de abetos y pinos que se encontraba a menos de una milla de mi aldea, el lugar perfecto para practicar con la espada, el arco y la lanza. Cuando llegué, no sólo me esperaba Ulf el Sabio, mi preceptor, sino que también lo hacían un par de docenas de hombres del Norte vestidos con cotas de malla, cascos de hierro, pantalones de fieltro y botas de cuero. No todos los guerreros tienen la posibilidad de exhibir tales ropajes, y no tardé en entender que me encontraba en presencia de jefes de aldea o capitanes de barco. Parecía que se hallaban dispuestos a emprender una expedición de saqueo. A varios de ellos ya les conocía, como a los capitanes Ottar y Sigurd, pero al resto no.

Mi padre, Gunnjorn, el jefe de Vestfold, había invitado a nuestra aldea a lo más granado de la comarca. Se trataba de un día especial, de un día de fiesta, pero yo lo desconocía. Me acerqué a Ulf ante la atenta mirada de los nórdicos, que comenzaron a murmurar entre ellos a mi paso.

—¿Qué hacen todos estos aquí? —le pregunté a Ulf.

—No lo sé —me respondió encogiéndose indiferente de hombros, pero su mirada esquiva revelaba lo contrario.

Ulf era el mejor amigo de mi padre, su mano derecha y hombre de confianza. Era capitán de barco y tenía bajo su mando a unos cuarenta hombres. Lucía una barba castaña aún más poblada que la de mi padre y unos ojos azules astutos y profundos. Era alto y fuerte, y sus brazos eran extremadamente poderosos, capaces de partir a un hombre por la mitad con su espada, o al menos eso pensaba yo. Su nombre era ampliamente conocido y temido en Escocia, en Frisia y en el país de los francos. Ulf el Sabio, le llamábamos, apodo completamente merecido, pues era de los pocos en la aldea que sa­bía leer y escribir. Además, hablaba y entendía el gaélico escocés, una habilidad nada desdeñable cuando se trataba de obtener información de los escoceses.

Su nave era el Viento de la Muerte, un hermoso barco largo y estrecho de pequeño calado capaz de remontar ríos con sólo tres pies de profundidad. El mascarón de proa encarnaba la cabeza de un cerdo salvaje mostrando unos retorcidos y amenazantes colmillos. Simbolizaba a Sehrimnir, el jabalí sagrado del Valhala, al que sacrificaban todos los días para alimentar a los héroes caídos en combate, y que revivía antes de la siguiente comida. Ulf había adornado la proa de su nave con la cabeza del animal porque aseguraba que le traía suerte.

—Empecemos —dijo mi maestro desenfundando su espada de entrenamiento, un arma contundente pero carente de filo para evitar accidentes.

Yo hice lo propio desenvainando la mía. Ambos nos protegíamos con recios escudos de madera de tilo embozados en bronce. Mi maestro se caló su yelmo con visera y yo el mío, un viejo casco de hierro con protección nasal bastante tosco y abollado, testigo de un sinfín de batallas, y que había llegado a manos de mi padre como parte de algún saqueo. Una vez estuvimos el uno frente al otro, me asintió y me lancé sobre él, espada en ristre y con el escudo bien aferrado a mi antebrazo. A nuestro alrededor se arracimaron los nórdicos. Yo no entendía qué hacían aquellos hombres allí, bebiendo cerveza y observando atentamente mi adiestramiento. Vestían admirables ropajes en un alarde de desmedida arrogancia, y se jactaban del éxito de las expediciones, la abundancia de las cosechas o de los buenos negocios que ha­bían cerrado en Frisia o en Dinamarca. Entre ellos charlaban y reían exagerando sus respectivas hazañas. Algunos lucían un rostro cuidadosamente rasurado, mientras otros exhibían con vanidad largos cabellos o encrespadas y trenzadas barbas que pendían descuidadas de sus rostros como si de deshilachadas maromas se tratara.

Mi padre, al igual que el resto de los nórdicos, iba pertrechado para la guerra. Vestía una larga camisa blanca, ceñida a la cintura con un grueso cinturón de piel con hebilla de plata. Cubría la camisa con un peto de cuero y, sobre ésta, una cota de malla de anillas. Protegía su cabeza con un hermoso yelmo cónico con visera, protección nasal y la figura en plata de un dragón con las fauces abiertas en su parte frontal. Unos pantalones de fieltro marrón y unas botas de cuero con hebillas y protecciones en plata completaban su atuendo. El jefe me miraba orgulloso y mi hermano pequeño, Jokull, con envidia. Él tenía trece años y yo catorce. Mi hermano era rubio, tenía los ojos azules y el prominente mentón de mi padre. Era taciturno, reservado y violento, lo que le sirvió para granjearse las simpatías de los niños de la aldea.

Jokull observaba mi entrenamiento anhelando ser él a quien Ulf estuviera formando en el arte de la espada, la cual, a pesar de mi edad, manejaba con soltura y habilidad, como si se tratara de una prolongación de mi mano. Y, teniendo en cuenta que ese día me encontraba rodeado de tan distinguido público, me esforcé mucho más y atacaba una y otra vez a Ulf, que se zafaba con destreza de mis embestidas. Yo me consideraba un gran guerrero, no en vano sobre mis espaldas reposaba la responsabilidad de suceder al gran Gunnjorn el Barbudo, el jefe de Vestfold, la aldea más hermosa de Noruega. Deseaba tanto distinguirme ante mi padre y los nórdicos como temía avergonzarle o humillarle. Mi mayor anhelo era que se sintiera orgulloso de mí, y que en su hijo mayor advirtiera a su futuro heredero.

—Buena defensa, Haakon —me dijo Ulf después de bloquear su ataque con el escudo—. Bien, muy bien, escudo en alto y rodillas flexionadas. Recuerda que el primer ataque es un engaño, un ardid para que subas la guardia y desprotejas la ingle y los muslos, quedando así al descubierto para ser pinchado por sus espadas cortas.

Observé que varios hombres del Norte me señalaban y asentían satisfechos. De momento, no lo estaba haciendo del todo mal.

—Ahora atácame tú —me ordenó.

Agarré bien la empuñadura de mi espada y miré de soslayo a los hombres del Norte. Mis ojos se cruzaron con los de mi padre, que permanecía de pie, con los brazos en jarra, atento a mis movimientos. Nos envolvió un profundo silencio y los nórdicos dejaron incluso de beber cerveza, tal era el interés que mostraban en mi entrenamiento.

Una bandada de cornejas abandonó el bosque y cruzó el grisáceo cielo. Algo las había asustado. Dirigimos la mirada hacia la espesura y vimos a Ragna, la bruja, observándonos con curiosidad parapetada tras un aliso. No se acercó a nosotros, y no por miedo, pues era respetada por todos y temida por muchos. Mi padre escuchaba sus augurios con atención cuando le requería que le interpretara las runas antes de emprender alguna expedición contra los sajones o los escoceses. Pero Ragna no era amiga de la multitud, y vivía aislada en el bosque. Había quienes decían que, durante la noche, se transformaba en lobo o en cuervo y se reunía con los espíritus y almas en pena que vagaban errantes en la umbría. Para muchos, era la enviada de Loki, el dios del caos y del engaño, quien la concedió el poder de comunicarse con los Ases y los Vanes a través de las sagradas runas. Ragna tendría cien años o más, o al menos eso se aseguraba. Tenía el pelo largo, rizado y sucio, el rostro enjuto surcado por infinidad de arrugas y la boca fina y desdentada. Siempre vestía con harapos y su fuerte olor la precedía. Y ese día me observaba con sus ojos grises, acuosos, inexpresivos. Me encontraba alejado de ella, pero me pareció verlos brillar con un maléfico fulgor.

—¡Vamos, Haakon! —exclamó impaciente Ulf—. ¿Vas a atacarme o te vas a pasar todo el día mirando embobado el bosque?

Miré de reojo a la bruja, que asomaba curiosa la cabeza tras el aliso, contemplándome con suma atención.

—¡Vas a morir! —grité, lanzándome con furia sobre Ulf, levantando en alto mi espada.

Mi grito fue una advertencia para todos aquellos que me observaban; Haakon, el hijo de Gunnjorn, sería un poderoso vikingo, y no toleraría que nadie, fuera danés, sueco o noruego, pisoteara el honor de su clan.

Tenía catorce años y ya me consideraba todo un hombre. Bendita ignorancia de quienes desconocen lo que el futuro les depara.

Mi espada golpeó su escudo de madera de tilo una, dos y tres veces, Ulf el Sabio no atacaba, sólo se defendía parapetado tras el escudo. Retrasaba su posición mientras yo no dejaba de propinarle mandoblazos a diestro y siniestro. Los hombres del Norte jaleaban mis aco