Pedro I de Castilla. De Reyes y Bastardos

Actualizado: nov 7





1



Gibraltar, marzo de 1350



El cortejo marchaba triste, afligido, envuelto en un profundo y respetuoso silencio bajo el inclemente sol de principios de primavera. A sus espaldas sobrevolaban los buitres en un cielo azul, sin mácula, impacientes por darse un festín con los despojos de los soldados muertos durante el frustrado asedio a Gibraltar. En uno de los carros del lúgubre séquito se escuchaban los sollozos ahogados de una mujer. Había aparentado entereza, frialdad, determinación. Pero estaba exhausta. No pudo soportar durante más tiempo el terrible dolor que le afligía y finalmente se derrumbó. Y rompió a llorar, intentando que sus lágrimas aliviaran sus pesares y sufrimientos. El hombre al que amaba, al que había consagrado toda su vida, había muerto. Sobre ella y sus hijos se cernía un incierto futuro. Doña Leonor de Guzmán había sido, durante más de veinte años, la amante del rey, la madre de diez de sus hijos. Los nobles y clérigos acudían a ella para pedirle consejo y mediación, pues era bien conocida en Castilla la influencia que ejercía sobre don Alfonso. La reina, la esposa del rey, era doña María de Portugal, pero a quien amaba don Alfonso, a quien colmaba de halagos, regalos y títulos, era a ella, a doña Leonor de Guzmán; la mujer más poderosa de Castilla. Al menos hasta ese momento. Doña María de Portugal la odiaba. A ella y a sus hijos. Para la reina, doña Leonor de Guzmán no era más que una vulgar concubina, una bruja que había hechizado a su marido con el propósito de apartarlo de su familia y de colmar de títulos y prebendas a sus bastardos. Doña Leonor de Guzmán estaba persuadida del profundo odio que la reina le profesaba y ahora, carente del amor y de la protección del rey, se preguntaba qué sería de ella y de sus hijos. Pronto en Castilla sería proclamado un nuevo rey y doña Leonor dudaba de que esos nobles, a los que tanto había favorecido, siguieran siendo fieles y leales a los Guzmanes. Y sin ellos, sin su protección, sería presa fácil de la reina María. Se arrojaría sobre ella y sus hijos como una leona hambrienta y furiosa sobre un solitario y frágil cervatillo. Su hijo don Fabrique, maestre de la Orden de Santiago, tiraba de las riendas con el rostro compungido. Los temores de su madre eran también los suyos. En un gesto de consuelo, la abrazó y la estrechó con cariño en su pecho. Un noble, que cabalgaba cerca del carro, giró la vista y observó como doña Leonor ocultaba el rostro entre sus manos y era consolada por su hijo.

—¿Qué vas a hacer? —preguntó don Juan Alfonso de Alburquerque, fiel servidor de la reina y uno de los hombres más ricos y poderosos de Castilla.

La pregunta iba dirigida a don Alfonso Fernández Coronel, el señor de Aguilar, que, como la mayoría de los nobles que acompañaban al cortejo fúnebre, se encontraba inmerso en sus pensamientos, escrutando los diferentes escenarios que podrían desatarse en Castilla tras la inesperada muerte del rey. Don Alfonso Fernández Coronel era partidario de doña Leonor. Debía ser cauto en su respuesta. Don Juan Alfonso de Alburquerque era el canciller de Castilla y privado del futuro rey, Pedro I, hijo de doña María de Portugal. Quizá era momento de reconsiderar las alianzas.

—¿A qué te refieres? —don Alfonso Fernández entendía perfectamente el propósito de la pregunta, pero necesitaba ganar tiempo para preparar una respuesta adecuada.

—No seas necio, que nos conocemos desde hace años —respondió Alburquerque—. Muchos de los que ahora os encontráis acompañando a este triste séquito, tenéis el gesto mustio y descompuesto, pero desconozco si es por tristeza o por temor. Habéis prosperado bajo la larga sombra de la amante del rey, despreciando e ignorando a nuestra reina.

Don Alfonso Fernández Coronel permanecía en silencio, digiriendo cada una de las palabras que el canciller lanzaba con toda la intención.

—Todavía recuerdo cuando doña Leonor te cedió la tenencia de Medina Sidonia, su residencia —prosiguió Alburquerque—. Estabas exultante, radiante de felicidad. Eras el señor de Aguilar, alguacil mayor de Sevilla y protector de la concubina. Estabas en la cima de tu poder. Pero…

—¿Pero?

—La situación ha cambiado.

—Es evidente.

Alburquerque asintió en silencio. Concedió unos instantes a don Alfonso Fernández Coronel para que reconsiderase sus fidelidades. El señor de Aguilar era un poderoso noble y era conveniente tenerlo de su parte. El futuro rey, Pedro I, apenas era un muchacho de quince años. Joven e inexperto, sería presa fácil para cualquier noble ambicioso y experimentado, que podría «orientarle y dirigirle» según su propio criterio e interés. Don Juan Alfonso de Alburquerque era el hombre de confianza de doña María de Portugal. Hombre astuto e inteligente, había sabido moverse con prudencia y sabiduría entre dos aguas, ganándose la confianza de don Alfonso y el respeto y consideración de doña Leonor. Pero el canciller de Castilla siempre tuvo muy presente que la única y verdadera reina de Castilla era doña María. Pero los Guzmanes contaban con importantes apoyos entre la nobleza y la Iglesia castellana. Alburquerque era el canciller, el hombre más poderoso del reino, pero todo hombre, por grande que sea su poder, necesita aliados y don Alfonso Fernández podría ser uno realmente valioso.

—Pronto llegaremos a Medina Sidonia —observó Alburquerque.

Don Alfonso Fernández Coronel permanecía en silencio. En rededor sólo se escuchaba el ahogado lamento de doña Leonor y el eco de los cascos de los caballos.

—Será un buen momento para demostrar de qué lado estás —prosiguió el canciller—. Aunque entiendo que no dispones de muchas opciones.

—Siempre estaré del lado de mi rey —replicó don Alfonso Fernández Coronel—. Estoy aquí, acompañando a mi rey fallecido y lo estaré en Sevilla, con su hijo, el legítimo heredero, don Pedro. En mí, el rey no encontrará más que a un fiel vasallo.

Alburquerque sonrió satisfecho.

—¿Y don Juan Núñez de Lara? —preguntó.

Don Alfonso Fernández torció el gesto y le lanzó una mirada interrogante.

—¿Sabes si también será «fiel» a don Pedro? Hasta ahora, lo ha tratado con desprecio y desdén. Tanto a él como a la reina.

—Yo respondo por mí —replicó don Alfonso con cierta irritación—. Lo que decida Núñez de Lara es cuestión suya. Será mejor que le preguntes a él.

—Lo haré, no dudes de que lo haré.

Alburquerque azuzó su montura y se alejó del señor de Aguilar, dejándolo sumido en una profunda inquietud. Núñez de Lara, el señor de Vizcaya, era su amigo. Extremadamente rico y poderoso, era partidario de la concubina de don Alfonso. Se consideraba el legítimo canciller de Castilla. En Alburquerque no sólo advertía a su rival político, sino también a un peligroso y temible enemigo. Don Alfonso Fernández se mesó pensativo la barba. Don Juan Núñez de Lara, al igual que había hecho el canciller, no tardaría en cuestionarle para que revelara sus intenciones. Y, Medina Sidonia, donde se encontraba la residencia de doña Leonor, se encontraba tan cerca…