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"O rey o nada"

«Un rey sin heredero, un reino sin rey».




Toledo, febrero de 1407



Desde la ventana de sus aposentos en el alcázar de Toledo, don Fernando de Trastámara contemplaba cómo la lluvia caía empapando las empedradas calles y formaba sucios charcos de mugre y barro. Sostenía una copa de vino inmerso en sus pensamientos. El infante de Castilla era alto, de figura esbelta, tez clara y ojos verdes de mirada intensa. Sin llegar a ser rubio, sus cabellos eran más claros que castaños. Se trataba de un apuesto y rico noble de veintisiete años. Su hermano, el rey Enrique III, había muerto y contra toda lógica en su testamento había determinado que debía compartir la regencia de Castilla con su cuñada doña Catalina de Lancaster. Don Enrique también dispuso que no sería él quien se ocuparía de la educación y custodia del nuevo rey, el pequeño don Juan, que contaba con menos de dos años. Bebió un trago de vino y torció el gesto con desagrado. Estar a cargo del niño era fundamental para satisfacer sus ambiciones. Tendría ocasión de moldearlo a su conveniencia desde su más tierna infancia para, llegado el momento, orientar sus decisiones hacia sus propios intereses cuando tuviera edad de gobernar. Debía estar a su cargo. Negó con la cabeza cuando volvió a recordar que su hermano resolvió que la regencia fuera compartida con la reina Catalina de Lancaster. Para compensarle dispuso que la infanta María se casara con su hijo don Alfonso. Una suerte de premio de consolación que de ningún modo colmaría sus ambiciones a no ser que don Juan falleciera. Entonces doña María sería la reina de Castilla y su hijo el rey consorte... Bueno, quizá después de todo no había salido tan mal parado del testamento de su hermano. La puerta de la estancia se abrió de pronto, desvaneciendo de golpe sus pensamientos. El infante de Castilla se giró sobresaltado echando mano de la empuñadura de la espada. Tal era el estado de tensión que se vivía en Castilla tras la muerte del rey.

—La reina Catalina se niega a entregar el niño a don Diego López de Estúñiga y don Juan de Velasco, los preceptores que determinó vuestro hermano en su testamento para que se ocuparan de su custodia.

Don Fernando soltó un largo suspiro y con tono de reproche espetó al recién llegado:

—Os pediría, condestable, que no irrumpierais de esta forma en mi cámara. Mi ánimo ya está lo suficientemente alterado.

Quien entró atropelladamente en la estancia fue don Ruy López de Dávalos, camarero mayor, adelantado de Murcia y condestable de Castilla, uno de los nobles más poderosos e influyentes del reino. Tenía la nariz alargada, ojos marrones, cabellos rizados y cano, y barba abundante. Aún disfrutaba del porte de un fornido soldado a pesar de haber sobrepasado los cincuenta años. Había luchado contra los moros en Granada y en las guerras contra Portugal, cuando don Juan de Gante, duque de Lancaster, invadió Castilla para reclamar los derechos de su esposa, doña Constanza, hija del rey Pedro I, al trono de Castilla. El valor demostrado durante la defensa de Benavente durante el asedio inglés fue premiado por el rey Juan I con el nombramiento de camarero mayor de don Enrique, en aquel momento príncipe de Asturias, cargo que mantuvo cuando este fue proclamado rey.

—Si la reina no cumple con su parte del testamento, vos tampoco tenéis porqué hacerlo —prosiguió don Ruy, mirándole con los brazos cruzados y labios arrugados, esperando algún tipo de reacción por parte del infante.

Don Fernando se aproximó a él y le preguntó:

—¿Qué insinuáis que debo hacer?

—Lo sabéis muy bien, mi señor; reclamar el trono para vos.

—Medid vuestras palabras si deseáis mantened la cabeza pegada a vuestro cuello —le espetó el infante sin ocultar la irritación que le había causado su sugerencia.

Don Ruy sostuvo con calma la mirada furiosa del infante. No era hombre que se amedrentara con facilidad.

—Don Juan no ha cumplido los dos años, faltan más de doce para que alcance la mayoría de edad y pueda reinar, ¿qué será de Castilla durante todo este tiempo? Que la reina se niegue a aceptar las últimas voluntades del difunto rey os concede a vos la oportunidad de reclamar el reino.

Comenzó a andar por la sala. No podía negar que había meditado alzarse con el trono tras el fallecimiento de don Enrique. Muchos eran los nobles que se lo habían sugerido, cuando no propuesto abiertamente como acababa de hacer el condestable. Pero don Juan era el legítimo sucesor de su hermano. Si intentaba arrebatarle el trono sería considerado un usurpador, un tirano. No sería aceptado por gran parte de la nobleza ni del clero. La guerra civil se cerniría sobre Castilla. Además, en don Juan, bisnieto del rey Pedro I, convergerían las dinastías petristas y trastamaristas cerrando las cicatrices provocadas por la guerra civil que desangró Castilla hacía poco más de cuarenta años y que concluyó con el asesinato en Montiel de don Pedro a manos de su hermano don Enrique de Trastámara. Pudo ser rey, pues la reina Catalina tardó trece años en engendrar a su primera hija, doña María, cuando en la Corte ya se temía que don Enrique moriría sin dejar descendencia. Dos años después de doña María nació doña Catalina y al año siguiente don Juan, el heredero. Sus esperanzas de sentarse en el trono de Castilla se evaporaron como el rocío con las primeras luces del amanecer. La Providencia le había negado ser rey y contra los designios de Dios no hay más opción que plegarse.

—Tuve mi oportunidad, pero el nacimiento de doña María me la arrebató —dijo en apenas un susurro, como si hablara para sí mismo. Soltó un largo suspiro y añadió—: Asumiré mi condición de regente.

—Pero mi señor…

—¡No! —interrumpió don Fernando con un gesto de mano—. No seré yo quien arrastre a Castilla a la guerra civil.

Don Ruy negó decepcionado con la cabeza comprendiendo que la decisión del infante era definitiva. El condestable había servido con lealtad al rey Juan I y luego a su hijo Enrique III, pero don Juan no era más que un niño en manos de nobles poderosos como don Juan de Velasco y don Diego López de Estúñiga. Él era condestable de Castilla, el adelantado mayor de Murcia. ¿Quién sino él debería haber sido el designado para custodiar al rey-niño? ¿Por qué el rey Enrique le despreció? Fue una humillación, una injusticia hacia un hombre que había entregado su vida y vertido su sangre por la corona. El condestable advertía que su posición en la Corte castellana estaba siendo gravemente amenazada. En la negativa de la reina a ceder su custodia encontró una inmejorable oportunidad para persuadir a don Fernando para que reclamara el trono. Muchos nobles y clérigos le apoyarían. No obstante, el infante tenía razón. Si intentaba arrebatarle el trono al rey-niño, Castilla sería de nuevo azotada por los abrasadores vientos de la guerra civil. Pero los grandes proyectos requieren de grandes sacrificios y don Ruy López Dávalos estaba dispuesto a sacrificar lo que fuera necesario por mantener sus responsabilidades y privilegios.

—¿Sabéis que el rey de Portugal ha ofrecido su apoyo a la reina Catalina? —le preguntó don Fernando.

Don Ruy negó con la cabeza.

—Si reclamara el trono por las armas, no sólo tendría que enfrentarme a los nobles leales a la reina-regente, sino también al ejército portugués. Antes de iniciar una guerra es conveniente haber calculado con qué apoyos se cuenta y contra quién hay que enfrentarse, ¿no creéis? —el condestable asintió. La reflexión del infante reveló que en algún momento se había planteado reclamar el trono de Castilla, pero hombre inteligente y cauto la desestimó—. Luchar por un trono que no me corresponde me convertiría en un usurpador. No es mi deseo pasar a la historia como el rey que le robó el trono a un niño. Eso sin tener en cuenta que las opciones de lograr mi propósito serían muy escasas.

—Entonces, ¿qué vais a hacer respecto a doña Catalina? —preguntó el condestable. La amenaza de la intervención del rey de Portugal en los asuntos castellanos complicaba cualquier intento de derrocar al rey-niño Juan.

El infante meditó la respuesta antes de contestar. La negativa de la reina-regente a entregar a su hijo a los nobles tenía un aspecto positivo que podría aprovechar en su propio beneficio. Don Fernando se giró y dijo:

—Apoyaremos a doña Catalina.

—¿Cómo? —preguntó confuso don Ruy López Dávalos, sin entender muy bien al infante.

—Es conveniente y justo satisfacer los deseos de una madre que lo único que pretende es cuidar de su hijo —le explicó—. Doña Catalina sabrá como agradecerme que en este asunto haya estado de su parte.

—Estará en deuda con vos —observó don Ruy, entendiendo los verdaderos motivos que llevaban al infante a apoyar a la reina-regente.

Don Fernando sonrió.

—Así es, pero no sólo pretendo con mi apoyo que doña Catalina me deba, digamos, un favor. En los asuntos de gobierno es conveniente ser prácticos y siempre será mejor negociar con una sola persona, en este caso doña Catalina, que con tres; la reina-regente, don Juan de Velasco y don Diego López de Estúñiga.

—El camarero mayor y el justicia ya reúnen demasiado poder y dejar al pequeño don Juan a su merced no hará más que acrecentarlo.

Don Fernando asintió confirmando las palabras del condestable.

—La ambición es un rio difícil de contener —afirmó—. Serán muchos los nobles que estén de acuerdo en que sea doña Catalina quien se ocupe de la custodia de don Juan. Y si no me equivoco, vos estáis entre ellos.

Don Ruy esbozó una media sonrisa. Don Enrique III le relegó en su testamento de las responsabilidades próximas al heredero. Sus cargos y privilegios estarían comprometidos si el rey-niño era sometido a la influencia de don Juan de Velasco y don Diego López de Estúñiga.

—Creo que tenéis razón —reconoció—. Cuando habléis con la reina-regente, recordadle que cuenta con todo mi apoyo. Es naturaleza propia de los hombres y voluntad de Dios que sean las madres quienes se ocupen del cuidado de sus hijos —sus labios dibujaron una sonrisa cínica—. Aunque mucho me temo que don Diego y don Juan se resistirán. Al fin y al cabo, fue deseo de don Enrique que ellos cuidasen del rey-niño.

—Son personas sensatas, razonables. No será difícil persuadirlos —aseguró don Fernando con la confianza de quien tiene muy definidos sus objetivos y ha desarrollado un elaborado plan para conseguirlos.





2



Segovia, marzo de 1407



Era una mañana fría y lluviosa. El invierno se negaba a abandonar las tierras castellanas. Doña Catalina de Lancaster leía un libro junto al fuego de la chimenea. Procuraba abstraerse de sus preocupaciones. Pero, aunque lo intentaba con insistencia, no lo conseguía. Suspiró. Se preguntó una vez más porqué don Enrique había determinado en su testamento que la custodia de su hijo don Juan recayera en sus consejeros don Diego López de Estúñiga y don Juan de Velasco, y porqué debía compartir la regencia de Castilla con su cuñado don Fernando. ¿Acaso su marido no confiaba en que fuera capaz de velar por su propio hijo o de gobernar el reino con justicia y sabiduría? Las preguntas se agolpaban en su mente invadiendo su ánimo de impotencia, frustración y, sobre todo, de tristeza. Negó con la cabeza. Concluyó que su marido dudaba de sus capacidades como madre y como reina-regente. Así lo había expuesto con manifiesta y descarnada claridad en su testamento. Las lágrimas humedecieron sus ojos y cerró el libro. No pudo seguir leyendo. Aceptó ceder y compartir la regencia con don Fernando de Trastámara, pero jamás entregaría a su hijo a don Juan de Velasco y a don Diego López de Estúñiga. No dudaba de la valía de los consejeros, pues habían servido con lealtad y buen criterio a don Enrique, pero don Juan tenía sólo dos años, y con esa edad, nadie podría velar más por un niño que su madre. No, jamás cedería la custodia de su hijo.

Doña Catalina era hija de doña Constanza de Castilla y de don Juan de Gante, duque de Lancaster, por lo tanto, era nieta de don Pedro I de Castilla y del rey Eduardo III de Inglaterra. Su madre, doña Constanza, fue jurada por las Cortes castellanas como heredera a la Corona de Castilla junto con su hermana mayor doña Beatriz, pero cuando esta decidió recluirse en el convento de Santa Clara de Tordesillas, doña Constanza quedó como única heredera al trono de Castilla. Así pues, habría sucedido a don Pedro I si este no hubiera sido asesinado por su hermano bastardo don Enrique de Trastámara. Don Juan de Gante se casó con doña Constanza en 1371. Al año siguiente el rey Eduardo III de Inglaterra les reconoció como reyes de Castilla. En 1385 los castellanos sufrieron una terrible derrota frente a los portugueses en Aljubarrota, desastre que fue aprovechado por don Juan de Gante para desembarcar en La Coruña con un ejército inglés con el propósito de derrocar a don Juan I y proclamar a su mujer, doña Constanza, reina de Castilla. Aliado con los portugueses, don Juan de Gante invadió León. Después de tres años de deambular por Castilla sin demasiado éxito, en 1388 don Juan de Gante y don Juan I firmaron el tratado de Bayona, por el cual, el duque de Lancaster y doña Constanza renunciaban a sus derechos a la Corona de Castilla a cambio del generoso pago de seiscientos mil francos, de una renta anual de cuarenta mil y del acuerdo de matrimonio de doña Catalina de Lancaster con don Enrique, el primogénito del rey Juan I. De este modo se unirían las dos ramas sucesorias del rey Alfonso XI, la legítima de don Pedro I y la bastarda de don Enrique II. Doña Catalina sonrió con ternura al recordar su boda con don Enrique en Palencia en 1388. Ella tenía quince años y su esposo apenas nueve. Era toda una mujer; alta, rubia, blanca como la nieve y muy hermosa, y él era apenas un chiquillo asustadizo y delgaducho dominado por los nervios. Fueron los primeros príncipes de Asturias, título que les reconocía como legítimos herederos a la Corona de Castilla. Al ser don Enrique menor de edad, la pareja vivió separada hasta que en 1393 se consumó el matrimonio. La unión de doña Catalina y don Enrique nacía con la promesa de cerrar viejas heridas y rencores entre petristas y trastamaristas. Pero la temprana muerte de don Enrique, con tan sólo veintisiete años, dejó como heredero a un niño de menos de dos años. Castilla, una vez más, estaba amenazada por la incertidumbre y la inestabilidad, a merced de las ambiciones y recelos de notables y clérigos. Doña Catalina exhaló un largo suspiro mientras contemplaba cómo las pavesas ascendían por el tiro de la chimenea en un hipnótico baile en espiral. Era una mujer culta, inteligente y sensata, a quien la muerte de su marido había sumido en un mar de dudas y temores. Se hallaba inmersa en sus pensamientos, con la mirada perdida en el fuego de la chimenea, cuando alguien llamó a la puerta de su cámara.

—Adelante.

—Mi señora, don Juan duerme plácidamente.

Era don Juan Hurtado de Mendoza, ayo y mayordomo del rey. Cada noche informaba a la reina-regente cuando el pequeño quedaba al resguardo de los brazos de Morfeo. Sirvió al rey Juan I como alférez mayor y posteriormente fue mayordomo de don Enrique III, cargo que ahora desempeñaba con don Juan. Se trataba de un noble de unos cincuenta años, de gesto amable y mirada clara y serena. Había servido a los últimos tres reyes castellanos, lo que revelaba su entregada y sincera lealtad a la corona. En 1389 se casó con doña María de Castilla, hija del conde Tello y sobrina por tanto del rey Enrique II de Trastámara. Doña María era una de las mujeres más ricas de Castilla. Su boda no sólo le dotó de una inmensa fortuna, sino que le permitió asumir una importante responsabilidad en la educación del príncipe Enrique. Doña Catalina le tenía un gran afecto y estima, aunque no olvidaba que su padre apoyó a don Enrique II en la guerra que este libró contra su abuelo, el rey Pedro I. El padre de don Juan Hurtado de Mendoza pagó con creces su traición, pues murió en la batalla de Nájera de 1367, donde don Pedro I, apoyado por el ejército inglés de su tío el príncipe Eduardo de Woodstock, consiguió una aplastante victoria sobre el usurpador y las tropas mercenarias del bretón Bertrand du Guesclin. Pero aquellos eran otros tiempos. Lejanos, sí, pero no olvidados. No obstante, no es justo culpar a los hijos de los errores de sus padres.

—Gracias —dijo la reina. Don Juan Hurtado de Mendoza se despidió con una ligera inclinación y se dirigió hacia la puerta—. ¿Por qué mi esposo, el rey, decidió arrebatarme el cuidado de mi hijo? —el mayordomo escuchó a sus espaldas el lamento de doña Catalina, detuvo el paso y se giró. La luz ambarina que irradiaba la chimenea iluminaba unos ojos anegados de lágrimas contenidas—. ¿No confiaba en mí como madre?

El corazón se agitaba nervioso en su pecho. La reina-regente necesitaba una respuesta, pues la incertidumbre y la sospecha la estaban devorando las entrañas. Don Enrique la amaba. No tenía ninguna duda. Por tal motivo no entendía porqué en su testamento había elegido a otros para que cuidaran de su pequeño. Al igual que tampoco entendía que no la hubiera considerado válida para gobernar Castilla en solitario durante la minoridad de su hijo y que tuviera que compartir la regencia con su cuñado don Fernando. Pero este era otro asunto. El que verdaderamente le martirizaba era que su marido había pretendido separarle de su hijo.

—Si Juan tuviera diez o incluso ocho años, lo habría entendido y aceptado —prosiguió doña Catalina con la voz tomada por la tristeza—. Pero sólo tiene dos años. Es una criatura indefensa que necesita a su madre. No, no pienso apartarme de él.

Don Juan Hurtado de Mendoza tomó una silla y se acercó a la chimenea. Se sentó junto a la reina-regente. Estaba informado de la resistencia de doña Catalina a entregar a don Juan al cuidado de don Diego López de Estúñiga y don Juan de Velasco, contraviniendo las últimas voluntades de don Enrique. Al principio intentó persuadirla para que acatara el testamento del rey, pero finalmente decidió que la apoyaría. Don López de Estúñiga y don Juan de Velasco ya tenían demasiado poder en la Corte castellana para dejar al rey-niño a su merced y voluntad.

—Mi señora, entiendo que no sea de vuestro agrado la decisión de vuestro esposo, el rey —comenzó a explicar don Juan—, pero os puedo asegurar que no fue carente de buen juicio.

—¿Entonces soy una mala madre? —preguntó espantada doña Catalina.

—Nada más lejos de la realidad —respondió con voz cálida don Juan mostrando una sonrisa conciliadora—. Vuestras hijas, las infantas María y Catalina, son ejemplo de lo buena madre que sois, pero don Juan está destinado a reinar. Aún le faltan doce años para alcanzar la mayoría de edad. Y doce años, mi señora, es mucho tiempo. Bien sabéis por vuestra propia experiencia que los reyes deben enfrentarse a enemigos implacables. Tanto internos como externos. Y con don Juan no va a ser distinto. Con su decisión, don Enrique no pretendía apartarlo de vos, sino protegerlo.

—Explicaos —ordenó doña Catalina.

—Vuestro cuñado, don Fernando de Trastámara, es el hombre más poderoso de Castilla después del rey. Incluso rivaliza con él en riquezas, pues fue inmensa la fortuna que doña Leonor de Alburquerque, esposa del infante, heredó de su padre el conde Sancho. Don Fernando ha actuado siempre con lealtad hacia su hermano y no ha dudado un instante en jurar a don Juan como rey, pero no son pocos en la Corte quienes consideran que el infante debería reinar.

—¡Pero Juan es el legítimo rey de Castilla! —exclamó doña Catalina escandalizada.

—La legitimidad no garantiza un reinado largo y tranquilo. Vos lo sabéis muy bien —replicó don Juan. Doña Catalina asintió, recordando que su abuelo, el legítimo rey don Pedro I, fue asesinado y derrocado por don Enrique II—. Para evitar o contener traiciones y revueltas, el rey-niño necesita soldados, armas, oro y, por encima de todo, de valiosos aliados como don Juan de Velasco y don Diego López de Estúñiga.

—Pero don Fernando es leal…

—Lo es, sin duda alguna que lo es, pero ha sido hijo de rey, hermano de rey y es tío de rey. Puede ser tentado por quienes aseguran que él debería ser quien reinara en Castilla, pues don Juan es apenas un niño y doce años de interregno es mucho tiempo para solventar con éxito las dificultades y amenazas que se ciernen sobre Castilla. Don Fernando puede ser arrastrado por nobles sin escrúpulos a la traición y tentado a reclamar el trono haciendo uso de la fuerza. Hay ciertas ambiciones que son difíciles de contener.

—Entiendo…

—Don Juan de Velasco y don Diego López de Estúñiga son nobles poderosos, inmensamente ricos y con numerosos soldados a su servicio. Al cederles la custodia de don Juan, don Enrique pretendía protegerlo no sólo de don Fernando, sino de cualquier otro noble que se aventurara a intentar usurparle el trono.

—Entonces, si no les concedo la custodia, ¿estoy poniendo en peligro a mi hijo? ¿A Castilla? —preguntó doña Catalina. En su interior bullían sentimientos encontrados.

Don Juan Hurtado de Mendoza respondió con una sonrisa:

—Quizá don Enrique se excedió al concederles la custodia de don Juan al camarero mayor y al justicia. Un hijo debe estar con su madre.

La reina regente sonrió agradecida.

—¿Y si don Fernando o cualquier otro noble reclamara el trono? —preguntó

—No han pasado muchos años desde que Castilla fuera devastada por la guerra civil. Su triste recuerdo aún perdura en la memoria de muchos de nosotros —comenzó a responder don Juan, recordando la muerte de su padre en Nájera—. El reinado de don Juan unirá por fin la dinastía petrista con la trastamarista. Nadie, en su sano juicio, se aventurará a provocar una nueva guerra. Nadie —repitió con vehemencia, persuadido de que quien lo intentara tendría que enfrentarse a la nobleza y al clero castellano.

—Entonces, mi esposo en ningún momento concluyó que yo no era la persona adecuada para cuidar del futuro rey de Castilla… —observó doña Catalina.

—Así es, mi señora, sólo perseguía proteger a vuestro hijo.

—¿Hago pues lo correcto reclamando su custodia? —preguntó más sosegada doña Catalina.

—Lo hacéis, mi señora.

Doña Catalina se enjugó sus ojos vidriosos y sonrió. Se alegraba enormemente de haber mantenido esa conversación con don Juan Hurtado de Mendoza. Sus dudas se habían disipado como por ensalmo. Ahora entendía la decisión de su marido sobre quién debía ocuparse de la custodia de don Juan. No tenía nada que ver con ella como madre, sino con don Juan como futuro rey. Un rey-niño al que era necesario proteger de sus poderosos enemigos. Solventada esa duda, doña Catalina quería esclarecer los motivos que habían llevado al rey Enrique a nombrar dos regentes durante la minoridad de don Juan en lugar de nombrarla sólo a ella, pues como reina-viuda y madre del rey, consideraba que en justicia le correspondía ocupar en solitario tal dignidad. Y así se lo hizo saber a don Juan.

—¿Y cuál fue el motivo que llevó a nombrar a dos regentes? ¿No confiaba en mis habilidades de gobierno?

—Si lo pensáis con calma entenderéis que la decisión del rey fue muy sensata —la reina-regente hizo un ademán para que continuara—. Os ruego que os pongáis en el lugar de don Fernando de Trastámara, que como dije antes es hijo de rey, hermano de rey y tío de rey.

—Continuad.

—Al igual que os sucede a vos, don Fernando tiene derecho a considerar que él debería haber sido el elegido por don Enrique para ocuparse de la custodia y protección de don Juan, en lugar de don Juan de Velasco y don Diego López de Estúñiga. Entenderéis por tanto que el infante esté muy molesto con esta decisión —la reina regente asintió y don Juan prosiguió—: Bien, ahora contemplad la posibilidad de que don Enrique os hubiera nombrado a vos única regente de Castilla durante la minoría de edad de don Juan. Don Fernando, el hermano del rey, el hombre más rico y poderoso de Castilla, habría sido alejado del futuro rey y apartado de toda responsabilidad de gobierno —el mayordomo hizo una pausa para que doña Catalina asimilara la importancia de sus palabras—. No sólo él, sino muchos nobles clamarían para que se alzase en armas y arrebatara el trono a vuestro hijo, pues había sido injustamente despojado del poder y la responsabilidad que por razones de cuna y parentesco le corresponden.

—El infante se hubiera sentido humillado y despreciado por Enrique —afirmó doña Catalina—, cuando, y esto es cierto, siempre ha actuado con prudencia y lealtad.

—Hasta en el corazón del más leal de los vasallos puede anidar la traición cuando este se siente maltratado.

Doña Catalina asintió varias veces y desvió la vista hacia el fuego. La nobleza y la monarquía castellana llevaban siglos conviviendo en un frágil equilibro. Un noble herido en su orgullo podría ser extremadamente peligroso si disponía de oro, tropas y de los aliados oportunos. Doña Catalina sintió como un escalofrío recorría su cuerpo. Le aterraba la posibilidad de que se desencadenara la guerra en su amada Castilla.

—¿Y por qué Enrique no nombró único regente al infante? —preguntó—. Así, quizá, hubiera calmado sus ambiciones al trono en el caso de que las tuviera, claro.

Don Juan Hurtado de Mendoza sonrió.

—O quizá las hubiera avivado —respondió enigmático—. Mi señora, vuestro marido tomó una sabia decisión al instaros a vos y al infante a compartir las labores de gobierno. El exceso de poder nubla el entendimiento y conduce a tomar erráticas decisiones como, por ejemplo, considerar la posibilidad de robarle el trono a su legítimo dueño. La tentación sería demasiado grande y si la voluntad del infante fuera débil, Castilla sería conducida al infierno de la guerra —los ojos de don Juan quedaron velados por la preocupación. La reina-regente no era la única que temía que en Castilla se desatara una guerra por el trono. Se trataba de una posibilidad nada descabellada.

—Ambos nos contrarrestamos —observó doña Catalina.

—Ambos, mi señora, estáis obligados a colaborar por el bien de Castilla y de vuestro hijo, el rey Juan.

Doña Catalina asintió con los labios apretados. Don Juan Hurtado de Mendoza tenía razón. Era un hombre juicioso e inteligente con mucha experiencia a sus espaldas. Se alegraba enormemente de tenerlo a su lado y de poder contar con sus sabios consejos.

—Gracias, amigo mío —dijo la reina regente con una sincera sonrisa. La conversación con el mayordomo de su hijo había dado respuesta a sus interrogantes, desvaneciendo todos sus temores.

—Siempre a vuestro servicio, mi señora. —Don Juan Hurtado de Mendoza se incorporó de la silla y se dirigió hacia la puerta de la estancia—. Os deseo buenas noches —la reina regente le despidió en silencio con un leve asentimiento.

¿Cumpliría el infante su juramento de fidelidad? ¿Y la nobleza? ¿Y el clero? ¿También serían leales? Se cuestionaba la reina-regente. Ya era tarde. Estaba cansada. Lo mejor era ir a la cama y descansar. Demasiados eran los desafíos que se cernían sobre Castilla. Sus labios esbozaron una sonrisa. Había imaginado que dormía y que al despertar el rey-niño ya era mayor de edad y podía reinar sin necesidad de regentes. Todo sería más sencillo. Mucho más sencillo.


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