Las guerras cántabras

En el año 30 a.C. sólo los cántabros y los astures se mantenían firmes frente a Roma. El resto de poblaciones hispanas ya habían sido sometidas. Con el pretexto de que los cántabros hostigaban y saqueaban a sus vecinos vacceos, aliados de Roma, César Augusto toma la decisión de reducir de una vez por todas a este indómito pueblo. Pero realmente, el recién proclamado emperador, lo que necesitaba era ganarse la admiración tanto del Senado como del ejército, pues todos sus predecesores habían conseguido gloriosas victorias e incrementado los territorios de Roma.


Así pues, Augusto comandó personalmente la campaña, comandando siete de sus mejores y más experimentadas legiones. Estas legiones más sus auxiliares, muchos de ellos hispanos, formaban un poderoso ejército de 70.000 hombres. Augusto establece su cuartel general en Segisamo (Sasamón, Burgos). En el año 26 la guerra se centra contra los cántabros, pues Augusto llega a un acuerdo con los astures. Los cántabros son atacados por tierra y por mar, y varias de sus aldeas son conquistadas, pero no se rinden, sino que siguen luchando, provocando el cansancio y el desánimo entre las tropas romanas, que por mucho que avanzan, por mucho que conquistan, no son capaces de vencerlos. Incluso el propio Augusto cae gravemente enfermo y tiene que retirarse a Tarraco, dejando sus ejércitos en manos de Antistio.



Durante la sublevación, aparece una figura legendaria y enigmática, un líder cántabro de nombre Corocotta del que poco se sabe, salvo que Augusto, cansado de sus tropelías, ofreció 200.000 sestercios por su cabeza. Corocotta, informado de la recompensa, fue personalmente al campamento romano a reclamarla. El rebelde no sólo no pago con su vida su osadía, sino que Augusto, admirado por su valentía, le pagó los 200.000 sestercios y le dejó marchar.



Los cántabros continuaron con su estrategia de guerrilla y hostigamiento, provocando el hambre entre las tropas romanas que se vieron obligadas a traer grano de Aquitania. Mientras tanto, Augusto permanecía en Tarraco, que durante dos años, se convirtió en la capital efectiva del imperio.


Finalmente los astures también se levantan contra Roma, pero son traicionados por los brigaecini y tienen que huir a las montañas cántabras. A finales del año 25, Antistio logra conquistar Aracillum (Espina del Gallego), último baluarte cántabro. La aldea estaba rodeada por las legiones y por el mar desembarcó la flota romana cogiéndoles desprevenidos por la espalda. Augusto dando la campaña por finalizada, regresa a Roma, pero los astures y los cántabros, informados de la marcha de Augusto, emprenden de nuevo las hostilidades.


En el año a.C. vuelven a sublevarse tanto cántabros como astures. Acuerdan con los romanos la entrega de trigo como tributo y cuando acuden los legionarios a recogerlo son asesinados. Claro está, no tardaron los romanos en tomar represalias y Lucio Emilio, legado de la Tarraconense acude a tierra cántabras con sus legiones y destruye varios poblados. Como escarmiento, cortó la mano de los más belicosos, esclavizó a los prisioneros y obligó al resto a abandonar las montañas y vivir en el llano donde serían más fácilmente controlables. Pero los astures, ante el cruel trato recibido, se sublevan y los cántabros se les unen. Pero finalmente son derrotados y buscan refugio en el monte Medulio.


Los romanos construyeron un foso alrededor del monte con el objeto de sitiar a los rebeldes y hacerlos morir de hambre y de sed. Pero estos montañeros eran muy orgullosos y al entender que su destino era morir de hambre prefirieron morir envenados o arrojarse al fuego. Cuando los romanos finalmente tomaron el monte, apenas pudieron hacer prisioneros.



Pero en año 19 d.C. los cántabros que fueron vendidos como esclavos en la Galia, matan a sus dueños y regresan a tierras cántabras. Comienza entonces una nueva rebelión. Augusto decide entonces acabar de una vez con esos levantiscos astures y cántabros, y envía a su mejor general a Agripa a combatirlos. Éste derrama toda su furia contra los rebeles que fueron prácticamente exterminados. Mató a los guerreros, vendió como esclavos a los hombres en edad de luchar, quemó sus cosechas, sacrificó el ganado y obligó al resto de la población a vivir en el llano donde les esperaba una desoladora hambruna. Muchos de ellos decidieron suicidarse antes de morir de hambre o ser esclavizados.


Fue necesario que el Augusto enviara a su mejor general y que éste aniquilara a los astures y cántabros para poder doblegarlos. Augusto había pacificado la totalidad de Hispania a sangre y fuego, y con ello, forjado la leyenda de los indómitos astures y cántabros.




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