La guerra de los dos Pedros (1356-1367) y La Primera Guerra Civil Castellana (1351-1369)


Entre los años 1356 y 1367, Castilla y Aragón libraron una guerra que ha pasado a la historia como "La guerra de los dos Pedros", pues enfrentó al rey Pedro I de Castilla con Pedro IV de Aragón. Los dos reinos lucharon por alcanzar la total hegemonía peninsular. Este conflicto está enmarcado dentro del contexto de la Primera Guerra Civil Castellana, en la que combatieron Pedro I y su hermano bastardo, don Enrique de Trastámara, por el trono de Castilla, y de la que hablaremos en el siguiente capítulo.

La relación entre ambos Pedros no era precisamente buena. Desde hacía tiempo buscaban un pretexto que justificara una declaración de guerra. Y tanto lo buscaron, que finalmente lo encontraron. El rey Pedro I se encontraba en Sanlúcar de Barrameda y presenció cómo unos barcos de Piacenza, ciudad aliada de Génova, que a su vez lo era de Castilla, eran apresados por la armada catalana. Como represalia, Pedro I embargó las propiedades que los comerciantes catalanes poseían en Castilla. Este enfrentamiento, que en otras circunstancias hubiera concluido rápidamente con el pago de una contraprestación económica, fue el casus belli que anhelaban ambos reyes para ir a la guerra.

Pedro I se lanzó rápidamente a la conquista de Alicante, que no tardó en caer en sus manos, pero no disponía de tropas suficientes para defenderla y finalmente fue expulsado por la propia población. El rey de Castilla, temiendo que el reino de Navarra aprovechara la coyuntura para atacarle, firmó una tregua con su rey, Carlos II. Mientras tanto, Pedro IV de Aragón, que ya había acordado una alianza con don Enrique de Trastámara, hermano bastardo de Pedro I, pactó con su hermanastro, don Fernando, que también pretendía la Corona de Castilla. Por lo tanto, el trono de Castilla tenía varios pretendientes: el rey don Pedro, su hermano bastardo don Enrique y don Fernando, el hermanastro del rey de Aragón.


Don Fernando consideraba que tenía derecho al cetro castellano porque su madre, doña Leonor, era hija del rey Fernando IV de Castilla. Entre don Enrique de Trastámara y don Fernando surgieron serias rivalidades, pues ambos codiciaban lo mismo: el trono de Castilla. No era menor la rivalidad que existía entre Pedro IV y don Fernando, pues ambos eran hijos del mismo rey, Alfonso IV de Aragón, aunque de distinta madre.

Pedro I ha pasado a la historia con el sobrenombre de «el Cruel», aunque el rey Felipe II intentó blanquear su legado, denominándole «el Justiciero». Se trataba de un hombre desconfiado y en cierta manera paranoico. Consideraba que su entorno o al menos gran parte de él, confabulaba constantemente para arrebatarle el trono. Ante estas sospechas, algunas infundadas, otras no tanto, no dudó en ordenar la ejecución de cualquiera que despertara la mínima sospecha. En 1358 tuvieron lugar algunas de las ejecuciones más terribles que ordenó durante su reinado. En primer lugar, mandó asesinar a don Fabrique, hermano de don Enrique de Trastámara, y al infante don Juan, su primo. No satisfecho con estos crímenes, ordenó ejecutar a doña Leonor, madre de los infantes de Aragón, y a doña Juana de Lara, la esposa de don Tello, otro hermano de don Enrique. Con estos asesinatos, el rey Pedro I se aseguró el odio y la sed de venganza de don Enrique de Trastámara y de don Fernando.

Estas ejecuciones no fueron del agrado de parte de la nobleza y del clero castellano. Un nutrido número de nobles, temiendo ser acusados arbitrariamente de traición y acabar siendo ajusticiados, huyeron a Aragón y pusieron sus espadas al servicio de don Fernando o de don Enrique. Estas muertes fueron muy bien aprovechadas por los enemigos del rey Pedro I, que le acusaron de perturbado mental y tirano. Un loco de ningún modo debía ostentar la Corona de Castilla.

En 1358, don Enrique de Trastámara cruzó con sus huestes la frontera y obtuvo una importante victoria en Araviana. Muchos caballeros castellanos, hasta ese momento fieles a Pedro I, huyeron y se pusieron al servicio don Enrique, pues temieron ser acusado de connivencia y sufrir por ello la furiosa represalia del rey.


Pero Pedro I no fue el único rival al que tuvo que enfrentarse don Enrique. Como ya hemos comentado, don Fernando, el hermanastro del rey Pedro IV de Aragón, también aspiraba al trono castellano. Ahora eran aliados, pero en el futuro serían rivales. Don Fernando era un ineludible escollo en el camino de don Enrique hacia la Corona del que, tarde o temprano, debía desprenderse. Y más, cuando don Fernando iba adquiriendo un mayor protagonismo según se desarrollaba la guerra. La creciente popularidad del hermanastro de Pedro IV de Aragón provocó cierta indecisión en los exiliados castellanos, pues dudaron sobre a quién prestar sus servicios. De hecho, muchos consideraban que don Fernando debía ocupar el trono de Castilla, una vez que Pedro I hubiera sido derrocado, pues don Enrique no era más que un hijo bastardo de Alfonso XI, mientras que don Fernando fue nieto del rey Fernando IV.

A Pedro IV de Aragón también le preocupaba el ascendente prestigio de su hermanastro. Si su influencia y autoridad sobre los nobles castellanos aumentaba, podría reclutar un ejército e intentar derrocarlo. Debía actuar cuanto antes o se vería obligado a tomar drásticas decisiones en el futuro. Con el propósito de desgastar el protagonismo de don Fernando y evidenciar quién comandaba a las tropas aragonesas, armó un ejército y lo puso al mando de don Enrique de Trastámara.

En Nájera, en 1360, se enfrentaron las tropas de Pedro I y de don Enrique. El rey de Castilla logró una importante victoria, pero no capturó a su hermano, que logró huir a Francia.

Aragón y Castilla firmaron una paz que duró únicamente dos años, reanudándose las hostilidades en 1362. A partir de esta fecha, la guerra de los dos Pedros se internacionalizó. Pedro I se alió con Inglaterra, que se encontraba en plena guerra de los Cien Años con Francia, mientras que Pedro IV de Aragón pactó con los franceses. Además, el rey aragonés volvía a recurrir de los servicios de don Enrique de Trastámara, reconociéndole como legítimo rey de Castilla en detrimento de su hermanastro. A don Fernando no le entusiasmó precisamente tal decisión, pero no tuvo tiempo para lamentaciones. Murió asesinado poco después, por orden del rey de Aragón. Pedro IV y don Enrique concluyeron que las ambiciones de don Fernando eran incompatibles con las suyas.

El hermano bastardo del rey contaba con el apoyo de los nobles castellanos, del rey de Aragón y de la Corona de Francia. El siguiente paso fue ganarse el favor del papa de Roma. Propósito que no le costó conseguir, pues la relación que Pedro I mantenía con la Iglesia Católica fue muy mejorable. Don Enrique se consideraba un enviado del Señor, cuya divina misión era destronar al tirano y reestablecer de nuevo la fe en la península. De ahí, sus despiadados ataques a los judíos.

Gracias a la inestimable ayuda de sus poderosos aliados, consiguió los recursos económicos suficientes para contratar a las Compañías Blancas, un ejército de mercenarios liderados por Beltrán de Guesclin. Tras la tregua de cuatro años firmada entre Inglaterra y Francia en Bretigny, estos soldados, sin guerras en las que luchar, se encontraban ociosos y aburridos. Sin nada mejor que hacer, provocaban altercados y conflictos en territorio francés.

En 1366 don Enrique volvió a cruzar la frontera y se proclamó rey de Castilla en Calahorra. Pero poco le duró la corona al bastardo. En el año 1367 se libró la segunda batalla de Nájera, con el mismo resultado que la primera: contundente victoria del rey de Castilla gracias a la participación de los temibles arqueros ingleses. Don Enrique huyó raudo a Francia, concluyendo precipitadamente su breve reinado. La batalla de Nájera supuso la retirada de la guerra de la Corona de Aragón, pues el rey Pedro IV quedó terriblemente impresionado por la superioridad del ejército anglo-castellano y la formidable letalidad de los arqueros ingleses. Temiendo que sus tierras fueran invadidas por las tropas del rey castellano y del príncipe inglés, entabló negociaciones con Pedro I, que concluyeron con la firma de un tratado de paz el 13 de agosto de 1367.




Finalizó la guerra castellano-aragonesa en 1367, pero la Primera Guerra Civil Castellana, es decir, la disputa por el trono de Castilla entre Pedro I y don Enrique de Trastámara, continuó. Antes de adentrarnos en los acontecimientos derivados de esta guerra, hablaremos del hermano bastardo del rey castellano, pues se convertirá en un personaje imprescindible en la historia de España.

Don Enrique era el cuarto hijo de los diez que tuvo el rey Alfonso XI de Castilla con su amante doña Leonor de Guzmán. Su madre se preocupó mucho de que a sus hijos no les faltara de nada y logró que Alfonso XI les colmara de títulos y riquezas, generando el lógico malestar y descontento en la reina María de Portugal, y en el infante Pedro.

Don Alfonso murió en 1350, y don Enrique y sus hermanos huyeron de Castilla, pues temieron ser castigados por el nuevo rey. Pero don Pedro le aseguró a doña Leonor y a sus hermanastros que no debían temer por sus vidas y que podrían vivir despreocupados en la Corte manteniendo sus títulos y privilegios. Don Enrique de Trastámara no confió en las condescendientes palabras del rey, y junto a sus hermanos y otros nobles castellanos, se sublevó.

Pedro I, persuadido por su madre, doña María de Portugal y por don Juan Alfonso de Alburquerque, canciller de Castilla, acusó a doña Leonor de Guzmán de ser la inductora de la sublevación. Así pues, encarceló a quien había sido amante de su padre y, posteriormente, cuando se encontraba recluida en el alcázar de Talavera de la Reina, ordenó, supuestamente, su asesinato. Este hecho no está del todo claro, pues se sospecha que quién realmente ordenó la muerte de doña Leonor fue doña María de Portugal, que la profesaba un terrible y enfermizo odio.

Don Enrique se alzó de nuevo contra su hermano y marchó a Asturias y Galicia, donde se hizo fuerte al amparo de un nutrido número de nobles que le apoyaban en aquellas tierras, pero fue derrotado.

La boda del rey con la francesa doña Blanca de Borbón logró apaciguar un poco los ánimos entre los hermanos, que acordaron una breve tregua. Don Enrique de Trastámara aprovechó este período de paz para fortalecerse, pues en 1355, una vez más, se sublevó contra su hermano y conquistó una plaza tan importante y significativa para Castilla como Toledo. Se trató de una victoria muy breve, pues fue expulsado de la ciudad poco después. No obstante, aprovechó su efímera estancia para ensañarse con los judíos de Toledo.

Don Enrique de Trastámara anhelaba ser proclamado rey. De hecho, se consideraba el único y legítimo sucesor de Alfonso XI, a pesar de tratarse de un bastardo. Para refrendar su candidatura al trono necesitaba el apoyo del clero. Y qué mejor que comportarse como un buen cristiano, piadoso, devoto y, sobre todo, antijudío, para ganarse el favor de la Iglesia.

En 1366 don Enrique volvió a cruzar la frontera de Castilla, pero en esta ocasión, le acompañaron las Compañías Blancas, soldados de fortuna que vivían de la guerra y el saqueo. Estos mercenarios se hicieron tristemente famosos durante la guerra de los Cien Años entre Inglaterra y Francia, y estaban comandados por el bretón Beltrán du Guesclin. Además de los soldados franceses, don Enrique contaba con el apoyo de tropas las aragonesas, pues gracias a sus habilidades diplomáticas y a la promesa de una formidable gratificación, había firmado una alianza con Pedro IV de Aragón. Ya hemos comentado que la guerra de los dos Pedros y la Primera Guerra Civil Castellana estaban muy ligadas.

Secundado por un poderoso ejército, don Enrique de Trastámara fue proclamado rey de Castilla el 16 de marzo de 1366 en Calahorra y posteriormente, volvió a ser coronado ante la nobleza y el clero castellano en el monasterio de Las Huelgas tras haber tomado Burgos. Había logrado por fin su anhelado sueño y ya era rey de Castilla gracias al apoyo de Aragón y de Francia. Pedro I concluyó que de ningún modo podría recuperar la corona únicamente con sus tropas y recurrió a la ayuda de Inglaterra, que ya estaba en guerra con Francia. Pedro I firmó un acuerdo con Eduardo de Woodstock, príncipe de Gales y heredero al trono de Inglaterra, y que ha pasado a la historia con el sobrenombre de el Príncipe Negro, por el color de su armadura. A cambio de la ayuda inglesa, Pedro I pagaría al príncipe inglés una cuantiosa suma de dinero, además de ofrecerle el Señorío de Vizcaya. Tanto don Enrique de Trastámara como don Pedro se comprometieron con sus aliados a gratificarles con abundantes riquezas y territorios a cambio de su auxilio en la guerra que ambos mantenían. Don Pedro se comprometió a entregar el Señorío de Vizcaya a los ingleses, y don Enrique hizo lo propio con el rey de Aragón, al que ofreció Murcia. Fuera cual fuera el resultado de la guerra, las arcas castellanas quedarían exhaustas.

Acompañado de sus aliados ingleses, Pedro I venció a las tropas de don Enrique de Trastámara en la batalla de Nájera en 1367. Don Enrique perdió el trono de Castilla, pero logró huir a Francia. El capitán de las Compañías Blancas, Bertrand du Guesclin, fue hecho prisionero. Esta derrota supuso la paz entre Aragón y Castilla, por lo que, a partir de ese momento, el bastardo sólo pudo contar con el apoyo de los franceses y de los nobles castellanos enfrentados con Pedro I.

Ya en Francia, don Enrique solicitó a sus aliados más tropas con las que regresar a Castilla. Carlos V, el rey francés, fue receptivo a sus peticiones y le concedió más dinero y soldados. En cambio, Pedro I no fue muy hábil gestionando su alianza con los ingleses, pues no cumplió lo pactado; no cedió el Señorío de Vizcaya al príncipe Eduardo y fue esquivo con los pagos adeudados a los soldados. Además, los duros castigos infligidos a los prisioneros no fueron del agrado del inglés. El príncipe Eduardo, de camino a Aquitania, saqueó varias aldeas castellanas para cobrarse por la fuerza los pagos debidos a sus soldados y que Pedro I se negó a satisfacer. Estos actos de rapiña provocaron indefensión y desazón en el pueblo, que se sentía desamparado y olvidado por su rey.

Mientras que Pedro I perdía aliados, don Enrique de Trastámara los aumentaba. Repuesto de la derrota de Nájera y con un nuevo ejército bajo su mando, invadió Castilla y fue recibido en loor de multitudes en Burgos. Los nobles castellanos que servían a las órdenes de Pedro I lo hacían más por temor, que por convicción. Don Enrique de Trastámara perseveró en su estrategia de comprar voluntades y favores a cambio de propiedades, dinero y títulos. Pero el mayor logro diplomático de don Enrique de Trastámara fue el tratado firmado en 1368 con el rey de Francia, Carlos V, por el cual, ambos se apoyaban mutuamente en sus respectivas guerras. Este apoyo francés incluía la participación de Bertrand du Guesclin, que había sido liberado tras el pago de un rescate al príncipe Eduardo. Según cuentan las crónicas, el Príncipe Negro pidió una cantidad de dinero al rey de Francia a cambio de su liberación, pero ese importe le pareció insultante a Beltrán, que finalmente fijó su propio precio del rescate.



La batalla decisiva entre ambos hermanos se libró en Montiel el 14 de marzo de 1369. Pedro I fue derrotado, pero logró escapar y encontró refugio en el castillo. Es ahora cuando se produce un suceso que ha pasado a la historia. Estando Pedro I confinado en el castillo envió un mensaje a Bertrand, solicitándole su ayuda para escapar a cambio de una importante suma de dinero. El bretón accedió y concedió un salvoconducto al rey castellano, para que se entrevistaran en su tienda. Poco después de la llegada del rey, apareció don Enrique de Trastámara. Entonces se produjo una disputa entre ambos hermanastros. Primero intercambiaron insultos, luego puñetazos y finalmente afloraron los puñales. Don Pedro era más fuerte y grande que don Enrique y se puso encima de él, dispuesto a acabar con su vida. En este preciso momento, según cuentan las crónicas, Bertrand du Guesclin agarró a Pedro I y lo apartó de su hermanastro. Don Enrique consiguió recomponerse. Atacó a don Pedro y le clavó el puñal en el pecho. De ahí la famosa frase atribuida a Bertrand du Guesclin: «ni quito ni pongo rey, sino ayudo a mi señor». Su comportamiento no fue muy noble, pero al fin y al cabo servía a su señor, que no era otro que don Enrique de Trastámara.


El nuevo rey de Castilla tuvo que sofocar algunas resistencias en Zamora y Galicia, ciudades aún fieles a Pedro I, pero finalmente fue proclamado rey con el nombre de Enrique II, dando origen a una nueva dinastía, los Trastámara. Se puso así fin a la Primera Guerra Civil Castellana, con un rey bastardo usurpando el trono a un rey legítimo.


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