Almanzor, el azote del cristianismo

Actualizado: 24 oct

Un personaje imprescindible en la historia musulmana de al-Ándalus fue Ibn Abu Amir, más conocido como Almanzor. El líder musulmán fue el autor de una de las mayores afrentas sufridas en la historia del cristianismo: el saqueo de Santiago de Compostela. Una gesta sólo superada por Saladino cuando, unos siglos más tarde, tomó Jerusalén.

Para los cristianos, Almanzor no fue más que un demonio, un enviado de Satán para castigarlos por los innumerables pecados cometidos. En cambio, para los musulmanes, encarnó a un ser casi divino, el brazo armado de Alá, enviado a la Tierra para exterminar a sus enemigos.


Almanzor comenzó su carrera política como escribiente del cadí de Córdoba. Un cadí era un juez que impartía sus resoluciones conforme a la ley islámica. El cadí de Córdoba le presentó al visir o consejero del rey, al-Mushafi. Este hecho será de vital importancia para Almanzor, pues al-Mushafi le introdujo en la Corte.

A la muerte de al-Hakam II, el sucesor de Abderramán III, se produjo un vacío de poder, pues Hisam II, su hijo, era apenas un niño. El visir al-Mushafi fue nombrado chambelán, asesor personal del rey y hombre de su máxima confianza. Por mediación del nuevo chambelán, Almanzor fue nombrado visir. Al-Mushafi y Almanzor se convirtieron así en los hombres más poderosos de al-Ándalus. Sólo el joven Hisam II, que contaba con 11 años, tenía más autoridad que ellos. Ambos nobles bajaron los impuestos y reprimieron con contundencia las habituales revueltas y sublevaciones que afloraban cuando fallecía un monarca. Como la algarada protagonizada por al-Mugira, el tío del califa, que urdió una conjura para derrocarle, pero fue descubierto y ejecutado.

Almanzor era muy astuto y extremadamente ambicioso. Estaba persuadido de que, si quería colmar sus aspiraciones políticas rápidamente, debía doblegar a los infieles cristianos, pues la gloria y el poder se alcanzan más fácilmente, dejando atrás un campo sembrado con los cadáveres de los enemigos del islam. Por lo tanto, se sirvió de la guerra para legitimar su poder e incrementar su prestigio. Una estrategia de la que se han valido muchos reyes a lo largo de la historia. Su primera campaña militar de importancia se desarrolló en Galicia, de la que regresó con un inmenso botín y cientos de esclavos cristianos. La población lo recibió completamente entusiasmada. Almanzor había logrado su propósito.

Ganarse la admiración del ejército y del pueblo era un medio, no un objetivo. Hostigó a los cristianos, convirtiéndose en una auténtica pesadilla. De las razias regresaba a Córdoba victorioso y con un inmenso botín, aumentando así su fama y prestigio. Pero si quería progresar en su ambiciosa carrera política, tendría que desprenderse de un incómodo escollo: al-Mushafi, su amigo y quien le introdujo en la Corte.

Como primer paso para eliminar a quien ya consideraba como un rival directo, pidió en matrimonio a la hija de Galib, un influyente general de frontera y acérrimo enemigo de al-Mushafi. Apoyado por el general, Almanzor va dejando caer sutiles acusaciones y engaños, que van minando la confianza del califa y de su madre Subh en su anterior protector. Finalmente, al-Mushafi fue retirado del cargo y encarcelado. El antiguo colaborador de Almanzor falleció en prisión, después de permanecer cinco años confinado en un calabozo.

Tras la destitución y encarcelamiento de al-Mushafi, Almanzor fue nombrado háyib, primer ministro del califato. Su suegro, Galib, fue ascendido a general en jefe de todos los ejércitos, salvo los de Córdoba, que quedaron bajo el control de Almanzor. Pero ser primer ministro tampoco era suficiente. Codiciaba el poder absoluto y para conseguirlo necesitaba deshacerse de su suegro, de la madre del califa y del propio califa.

Utilizaba instrumentalmente a sus amigos y familiares, para alcanzar sus metas y propósitos. Una vez conseguidos, se convertían en una molestia de la que era mejor desprenderse. Y, cual partida de ajedrez, en un primer movimiento consiguió apartar a la familia real de Córdoba, enviándola a un palacio amurallado y protegido por sus hombres de confianza llamado Madinat al-Zahira, «la ciudad resplandeciente». Estaba situada a pocos kilómetros de la ciudad, pero los suficientes para poder alejar a la familia de sus intrigas y maquinaciones y, sobre todo, para tener controlados todos sus movimientos y visitas. Una jaula de oro que el califa, un joven pusilánime y temeroso, aceptó con resignación, pues entre sus intereses no se encontraba asumir sus responsabilidades, prefiriendo apartarse del mundo y delegar las decisiones de gobierno en su «carcelero». Hisam II no era más que un títere, que vivía completamente aterrado ante la alargada figura del primer ministro.

Almanzor tenía bajo su poder a la familia real, controlaba la administración de las arcas reales, y era el comandante absoluto del ejército Omeya en Córdoba. Ya podía prescindir de Galib. Y para conseguirlo, se valió de la misma estrategia que tan buenos resultados le había dado con al-Mushafi; buscó aliados entre los enemigos de su suegro. Pero Galib, advertido de las maniobras de su yerno, armó un ejército al que sumó sus partidarios y los numerosos enemigos que se había granjeado Almanzor a lo largo de su breve, pero meteórica carrera política. Galib incorporó a su ejército mercenarios bereberes y soldados cristianos procedentes de León y Navarra. El año 981 Almanzor se dispuso a hacer frente a las tropas de su suegro, pero Galib murió pocos días antes de forma natural. Almanzor no solo era un intrigante, sino que además tenía mucha suerte. La imprevista muerte de Galib provocó una desbandada en un ejército tan variopinto, y Almanzor logró una nueva y abrumadora victoria sobre sus enemigos. Todo un éxito que supo rentabilizar a la perfección, pues su suegro no sólo se había levantado contra él y, por lo tanto, contra el califa, sino que había solicitado el auxilio de los infieles cristianos. Una vez más, fue aclamado y vitoreado por la muchedumbre como su gran salvador.


Amado por el pueblo, respetado por el ejército, temido por la familia real y con los cristianos bajo control. Almanzor se encontraba en la cúspide de su poder. Pero no todo era felicidad. El primer ministro tenía un hijo predilecto de nombre Abd al-Malik, a quien consideraba como su heredero. Abd al-Malik era un buen soldado, pero tenía varios defectos, entre los que se encontraba el gusto por el vino.

Otro hijo de Almanzor, llamado Abd Allah, consideraba que él era el legítimo heredero y no Abd al-Malik. Sintiéndose tremendamente despreciado y ofendido, se alió con los nobles agraviados por el primer ministro, así como con los cristianos, que advirtieron en tal alianza una excelente oportunidad para debilitar a los musulmanes de al-Ándalus. Pero Almanzor reprimió la rebelión con dureza y ordenó apresar a los nobles, a los que encarceló o ejecutó. Abd Allah solicitó refugio a García Fernández de Castilla, y Almanzor emprendió una voraz campaña contra éste, asolando aldeas y monasterios, hasta que el noble castellano se vio obligado a entregar a Abd Allah a su padre, que no dudó en decapitarle. Almanzor no tuvo suficiente con ordenar la ejecución de su hijo, quiso cobrarse cumplida venganza del noble cristiano que había apoyado la sublevación de Abd Allah. Y encontró una inmejorable ocasión cuando Sancho García, el hijo de García Fernández, se reveló contra su padre. Almanzor pagó al noble castellano con la misma moneda, apoyando al hijo rebelde.

Pero esta no fue la última revuelta que se alzó contra el todopoderoso primer ministro. Subh, la madre del califa, consciente de su poder omnívoro, tramó una conspiración con la intención de derrocarlo, pero Almanzor, una vez más, consiguió frustrar la conjura sin complicaciones. Eso sí, aprovechó la confabulación de la madre del califa, para deshacerse de la incómoda presencia de la familia real. Exterminó a los partidarios del califa y retuvo todos los recursos económicos del reino. Cualquier gasto o pago realizado por la familia real debía ser previamente autorizado por él. Adoptó el título de «señor» y «rey generoso», relegando al califa a una figura meramente representativa, carente de poder y autoridad.

De las decenas de campañas militares emprendidas por Almanzor, la que más impactó por su audacia y osadía fue la que lideró durante el ataque a la ciudad de Santiago de Compostela en el año 997. Después de devastar Iría Flavia, asedió Santiago de Compostela hasta que finalmente logró cruzar sus murallas. Quemó conventos, iglesias, palacios… arrasó todo a su paso. Sólo respetó el sepulcro del Santo Apóstol. Se desconoce si por respeto o por superstición. Sustrajo las 56 campanas del templo y se las llevó a Córdoba, siendo portadas por prisioneros cristianos. En la ciudad andaluza permanecieron hasta que Fernando III el Santo, rey de Castilla, reconquistó Córdoba en el año 1236 y, emulando a Almanzor, devolvió las campanas a Santiago de Compostela. En esta ocasión, fueron devueltas al templo transportadas por prisioneros musulmanes.

Almanzor murió en 1002 siendo sucedido por su hijo predilecto, Abd al-Malik, que sólo gobernó durante seis años, pues murió en 1008, supuestamente por una afección cardiaca, pero tampoco se desestima que fuera envenenado por su hermano Abderramán Sanchuelo, pues le sucedió en el trono. Naturalmente, el nombre de Sanchuelo fue un apelativo inventado por algún cristiano. El origen de este epíteto es muy simple. Almanzor se casó con Abda, nombre musulmán que adoptó la hija del rey Sancho Garcés II de Pamplona. El hijo de Almanzor se parecía muchísimo a su abuelo y de ahí el apodo de Sanchuelo.

Pero ni Abd al-Malik, ni Abderramán Sanchuelo, heredaron la astucia ni el valor de su padre y no tardó el reino andalusí en descomponerse, pues no era más que un gigante con los pies de barro que sólo los triunfos militares de Almanzor lograron sostener. La chispa que originó el fuego que devoraría el temible califato de Córdoba la provocaría el propio Sanchuelo, cuando tomó una determinación que ni el mismísimo Almanzor, en su insaciable ambición, se había atrevido ni siquiera a replantearse; sustituir la dinastía omeya por la amirí. Y para lograrlo, persuadió al débil y cobarde de Hisam II, para que le nombrara su heredero.

Tal disposición no fue del agrado de muchos notables andalusíes, que le consideraban poco menos que un usurpador medio cristiano. Así pues, aprovechando que estaba en campaña militar contra los castellanos, se desató una revuelta militar en Córdoba. Sanchuelo regresó tan pronto fue advertido de la sublevación, pero la mayoría de sus tropas le abandonaron. Fue capturado por sus enemigos y posteriormente decapitado. Su muerte supuso el fin del califato de Córdoba y el inicio de una guerra civil que desembocaría en la aparición de los reinos de taifas.


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