AÑO 407 d.C. los godos llegan a Hispania

En el año 407, huyendo del imparable avance de los hunos, llegaron a Hispania varias oleadas de diferentes pueblos que los romanos denominaron «bárbaros». Estas tribus procedían de lugares muy lejanos y dispares; los alanos eran de origen caucásico, los vándalos vinieron de Escandinavia y los suevos, al igual que los visigodos, eran germánicos.

Los romanos, persuadidos de que no serían capaces de expulsar de sus tierras tan ingente multitud de refugiados, alcanzaron un acuerdo con ellos, permitiéndoles asentarse en diferentes territorios del Imperio, entre ellos Hispania. Con los años, estos pueblos que habían encontrado asilo en tierras hispanas se sublevaron contra un Imperio cada vez más débil y fraccionado. Roma carecía de la fuerza suficiente para poder hacerles frente y los pueblos germánicos continuaron su inexorable avance, conquistando y colonizando territorio romano. En Hispania encontraron el apoyo de los hispanorromanos, que se sentían abandonados por Roma.


La entrada de los godos en Hispania es consecuencia de su participación en una nueva guerra civil. A la muerte del emperador Teodosio en el año 392, sus hijos Arcadio y Honorio se repartieron el Imperio. Arcadio gobernó en Oriente y Honorio en Occidente. Pero en Britania un general de nombre Constantino se declaró emperador de Occidente en el año 407.

Los bárbaros, que vagaban libremente por la Galia, cruzaron los Pirineos y entraron en Hispania con el beneplácito y consentimiento de Geroncio, un general de Constantino. Geroncio venció a las tropas de Honorio cerca de Emérita Augusta con el apoyo de los bárbaros, quedando prácticamente toda Hispania bajo su control. Ante la manifiesta superioridad militar de Constantino, Honorio se vio obligado a reconocerle como coemperador.

Entre los términos de la abdicación de Honorio figuraba el relevo de Geroncio como general de las legiones en Hispania. Naturalmente, Geroncio no aceptó de buen grado su destitución y, apoyado por las tropas hispanas, se sublevó contra Constantino, proclamando a Máximo, posiblemente su propio hijo, nuevo emperador de Occidente. Pero sus legiones no eran suficientes para poder hacer frente a Constantino. Los rebeldes necesitaban aliados y, entre los bárbaros, encontraron una magnífica oportunidad para incrementar considerablemente sus tropas. Geroncio se alió con los francos, mientras que Máximo pactó con suevos, alanos y vándalos. El tratado que firmó Máximo con los bárbaros les permitió asentarse en Hispania, pero bajo su poder y autoridad. Pero a los ejércitos, y más cuando se trata de mercenarios, hay que pagarlos y las arcas de Máximo estaban vacías. Ante la dificultad de hacer frente a los pagos pendientes, Máximo permitió a sus aliados que saquearan Hispania.

Honorio carecía de tropas con las que sofocar la sublevación de Máximo, pues bastante tenía con aguantar las acometidas bárbaras. De hecho, el rey visigodo Alarico saqueó Roma en el año 410, capturando a la hermana del propio emperador, Gala Placidia. Pero la muerte del rey visigodo y la llegada de refuerzos provenientes del Imperio de Oriente, permitieron a Honorio pasar a la ofensiva y envió al general Constancio a Arelate donde se encontraba Constantino. Curiosamente, de camino se encontraron con las tropas de Geroncio, que también se dirigía a Arelate para atacar a Constantino. Aunque ambos ejércitos tenían un enemigo común, también estaban enfrentados entre ellos. Geroncio fue derrotado por las legiones de Constancio y huyó a Hispania. Sintiéndose abandonado y derrotado, Geroncio acabó por suicidarse. Constancio prosiguió su inexorable avance hacia Arelate, al encuentro de Constantino. El ejército de Constancio volvió a vencer a los rebeldes. Constantino fue hecho prisionero y posteriormente ejecutado. Máximo, al ser derrotado el general que le encumbró al trono de Occidente, no tuvo más opción que huir y buscar refugio entre sus aliados bárbaros. Años más tarde sería capturado y ejecutado.

Así fue como los bárbaros entraron en Hispania, invitados por unos romanos que, inconscientemente, se valieron de sus servicios para satisfacer sus guerras particulares, sin recalar en que estaban alimentando a la bestia que más tarde les devoraría.


La llegada de los pueblos germánicos a Hispania se la debemos a Constantino y a Geroncio. Posteriormente, Máximo firmó con ellos un foedus o alianza, por la que podían establecerse en la Península a cambio de su apoyo militar. Una vez que los bárbaros estuvieron bien asentados, llegó el momento de repartirse Hispania. Según Hidacio, un obispo e historiador romano del siglo V, el reparto se realizó mediante lotes de tierra. Lógicamente, aquellos pueblos bárbaros que disponían de un ejército más poderoso eligieron los mejores y más amplios territorios. Así pues, los alanos ocuparon Lusitania y la Cartaginense, los vándalos, a los que hay que dividir entre asdingos y silingos, la Bética y la parte oriental de la Gallaecia, y los suevos la parte occidental de la Gallaecia. Los hispanorromanos poco pudieron hacer para evitar que sus tierras fueran arrebatadas por los bárbaros. Roma estaba muy lejos y tenía ya suficientes dificultades para protegerse a sí misma, como para acudir en ayuda de las provincias. En la Hispania del siglo V ya no existían legiones romanas y los gobernadores y notables hispanorromanos contaban con ejércitos privados para protegerse, no tanto de las invasiones bárbaras, como de los bandidos. Por tal motivo, cuando los bárbaros se asentaron en sus territorios, les aceptaron como nuevos señores a cambio de poder mantener sus privilegios y propiedades.

La llegada de los visigodos a Hispania hay que atribuírsela al rey Walia. El emperador Honorio le ofreció 600.000 modios de trigo para que liberara a su hermana, Gala Placidia, que había sido secuestrada por Alarico durante el saqueo de Roma en el año 410. Este pago incluía la colaboración visigoda para la expulsión de los bárbaros de tierras hispanas. Walia venció a los vándalos silingos y a los alanos. Honorio, como agradecimiento, le entregó Aquitania, región situada al sur de Francia y donde el rey visigodo estableció la capital de su reino, Tolosa. Cuando Walia murió, le sucedió Teodorico, hijo ilegítimo de Alarico. Teodorico es considerado el primer monarca del reino visigodo de Tolosa.


En Hispania convivían los hispanorromanos, los suevos, los vándalos asdingos y los alanos. Los visigodos expulsaron a los vándalos silingos y a los alanos. Los vándalos asdingos continuaron en Hispania hasta que, el rey vándalo Genserico, cansado de luchar con romanos y con los visigodos enviados por éstos, se marchó a África en el año 429. Genserico, después de luchar contra los romanos que allí estaban establecidos, conquistó un territorio equivalente al actual Marruecos y norte de Argelia. Poco después, ante la debilidad de Roma, firmó el foedus que le permitía asentarse en los territorios conquistados y se le concedió Numidia, la actual Túnez.

De todos los pueblos bárbaros que habían ocupado Hispania, ya sólo permanecían en tierras hispanas los suevos. El rey suevo Requiario, consciente de la debilidad de Roma, atacó y ocupó la Tarraconense y la Cartaginense, territorios sometidos constantemente al saqueo y a la depredación. Mientras Requiario campaba a sus anchas por Hispania, en Arelate, arropado por visigodos y senadores galorromanos, fue proclamado Avito nuevo emperador. El primer problema al que tuvo que enfrentarse fue, precisamente, al rey Requiario. Tras infructuosas negociaciones, Avito le declaró la guerra y como carecía de tropas, envió a su amigo y aliado Teodorico, «cum voluntate et ordinatione Aviti imperatoris» con voluntad y orden del emperador, a la Gallaecia, a combatir al suevo. Las tropas suevas fueron vencidas a 12 millas de Asturica Augusta. Requiario fue capturado y posteriormente ejecutado. Según Hidacio, la derrota de Requiario supuso el fin del «regnum Suevorum» en Hispania. Aunque los suevos pervivieron algunos años más, bien es cierto que dejaron de significar un problema para Roma, y posteriormente, para los visigodos.

Teodorico fue asesinado en el año 466 y su hermano, Eurico, fue proclamado rex Gothorum. El nuevo rey de los godos desencadenó una implacable campaña de hostigamiento contra el Imperio. Luchó en la Galia y sus huestes cruzaron los Pirineos y conquistaron la Tarraconense. El comes visigodo Gauterico tomó Pompaelo y Caesaraugusta. El comes Heldefredo y el dux Hispaniarum Vicencio conquistaron Tarraco y las ciudades de la costa. Después, se dirigieron a la Cartaginense, anexionando casi toda la Península Ibérica al reino visigodo de Tolosa. En el año 472, toda huella del gobierno romano en Hispania había desaparecido.


Te puede interesar:



75 visualizaciones0 comentarios

Entradas Recientes

Ver todo